En la frontera más cargada de Europa, donde dos países y dos mundos se rozan cada día, los habitantes de Ceuta salieron a reclamar lo que sienten que se les escapa: seguridad, reconocimiento y un futuro propio. La marcha hacia la playa del Tarajal a mediados de septiembre no fue solo una protesta, sino la expresión de una comunidad que lleva años viviendo en el filo de una crisis que los gobiernos nombran pero no resuelven. En ese grito —'un caballa nunca se rinde'— late la pregunta que define a las ciudades atrapadas entre fronteras: ¿quién responde por quienes viven en el límite?