Ceuta, paralizada entre expulsiones y retorno: dos meses de incertidumbre migratoria

Miles de migrantes, incluidos menores, duermen en playas y asentamientos informales bajo condiciones precarias mientras aguardan decisiones sobre asilo o expulsión.
Es un gusto parecer normal
Dos migrantes que lograron plaza en un centro de acogida celebran poder salir a comer a un restaurante sin ser vistos como invasores.
Mark

¿Por qué algunos migrantes deciden volver voluntariamente después de solo dos meses? ¿Qué cambia en su cabeza?

Mimi

La lluvia, en parte. Pero también el cansancio de vivir en la calle, la realidad de que el asilo no es automático. Saber pensaba que aguantando un poco más lo lograría, pero a los cincuenta y ocho días se dio cuenta de que no.

Luke

¿Tenemos números reales sobre cuántos han solicitado asilo versus cuántos han sido expulsados? Porque el artículo dice que solo 364 expulsiones en dos meses, pero no dice cuántas solicitudes hay.

Mimi

Eso es lo que falta. Sabemos que más de siete mil retornaron voluntariamente, pero el gobierno no ha publicado cuántas solicitudes de asilo se han presentado realmente.

Mark

¿Y los vecinos ceutíes? ¿Qué tan organizada está su presión?

Mimi

Muy organizada. Tienen grupos de WhatsApp activos veinticuatro horas coordinando manifestaciones diarias. Piden expulsiones inmediatas, no soluciones a largo plazo.

Luke

Pero ¿qué dicen los números sobre la capacidad real? El gobierno está construyendo hacia ocho mil plazas, y hay diez mil migrantes. Eso es un déficit, no una solución.

Mimi

Exacto. Y mientras construyen, tres mil personas siguen en playas con chabolas de plástico. La lluvia que está a punto de llegar va a empeorar todo.

Mark

¿Hay alguna voz que pida algo distinto a expulsiones o asilo rápido?

Mimi

No realmente. Los migrantes esperan, los vecinos exigen expulsiones, el gobierno construye centros. Nadie está pidiendo un proceso ordenado y humano.

Luke

¿Y los menores? El artículo menciona que hay menores en los asentamientos, pero no da números claros.

Mimi

Eso es otro vacío. Sabemos que hay menores durmiendo en playas, que algunos están siendo filiados, pero no hay cifras oficiales de cuántos menores hay sin protección.

Mark

¿Qué pasa cuando llueve? ¿Hay un plan?

Mimi

No. Las chabolas están reforzadas con bolsas de tierra, pero el mar sube hasta la tercera línea. Es un desastre esperando suceder.

  • Diez mil personas siguen en Ceuta sesenta días después del cruce masivo, repartidas entre carpas de plástico en la playa, centros de acogida saturados y calles donde la arena ya no se ve.
  • Solo trescientas sesenta y cuatro expulsiones han sido ejecutadas en dos meses, una cifra que los vecinos consideran una respuesta irrisoria frente a la magnitud de la crisis.
  • Los grupos de WhatsApp vecinales funcionan las veinticuatro horas coordinando manifestaciones diarias, mientras la presión social exige devoluciones inmediatas en autobús hacia Marruecos.
  • El gobierno avanza hacia ocho mil plazas de acogida y construye nuevos centros para mujeres y menores, pero la capacidad instalada no reduce visiblemente la presencia en playas y asentamientos.
  • La lluvia inminente amenaza con inundar las chabolas de la tercera línea de playa donde viven cerca de tres mil personas, convirtiendo una crisis política en una emergencia climática inmediata.

Dos meses después de que ochenta mil personas cruzaran la frontera de Ceuta en un solo fin de semana, la ciudad más pequeña de España se debate entre la urgencia humanitaria y el agotamiento cívico. Más de diez mil migrantes permanecen en sus playas, calles y centros improvisados, mientras el gobierno ejecuta apenas trescientas sesenta y cuatro expulsiones y los vecinos coordinan protestas diarias. Es la vieja tensión entre la hospitalidad que desborda sus límites y la política que no alcanza la velocidad de los hechos, encarnada ahora en una ciudad de veinte kilómetros cuadrados a punto de recibir la lluvia.

Sesenta días después del cruce masivo, Ceuta vive suspendida entre dos realidades que no logran reconciliarse. Miles de migrantes esperan en playas y carpas improvisadas una respuesta que no llega, mientras los vecinos, organizados en grupos de mensajería instantánea, exigen expulsiones inmediatas. El gobierno, por su parte, construye nuevas instalaciones y promete ampliar la capacidad de acogida, pero las cifras de devoluciones —apenas trescientas sesenta y cuatro en dos meses— no alivian la tensión en las calles.

Saber cumplió diecisiete años en la playa del Trampolín y, tras casi dos meses de espera, decidió firmar su retorno voluntario a Marruecos. Caminó hacia la frontera con una mochila ligera y sin mirar atrás. Cansado, no triste. Pero volverá a intentarlo. Es uno de los más de siete mil que han optado por regresar por su propia voluntad. Mientras tanto, quienes permanecen, como Moha, padre de dos hijas al otro lado de la frontera, no se mueven. Volver con las manos vacías sería el fracaso definitivo. Espera a que lo trasladen a un centro. Inshallá.

En las playas de Benítez y Trampolín, alrededor de tres mil personas viven en chabolas de plástico y bolsas de tierra. El mar sube hasta la tercera línea cuando llueve, y la lluvia está a punto de llegar. Antonio, vecino de la zona, observa desde la acera cómo la imagen del asentamiento apenas ha cambiado en un mes: la arena sigue sin verse. En los chats vecinales, los mensajes son directos y sin matices.

Dentro de los centros habilitados, el proceso de identificación avanza con lentitud. En el Puerto, mil setecientos hombres se hacinan en colchonetas mientras esperan que se abra su expediente de asilo o devolución. Dos jóvenes marroquíes que pasaron más de cincuenta días durmiendo en la calle celebran haber conseguido plaza bajando al centro de la ciudad a comer en un restaurante chino. Es un gusto parecer normal, dicen.

En la víspera del día sesenta, otro autobús se detiene en la frontera. Cien migrantes más regresan a Marruecos. Y empieza a llover.

Sesenta días después de que más de ochenta mil personas cruzaran la frontera hacia Ceuta en un solo fin de semana, la ciudad vive suspendida entre dos realidades irreconciliables. Por un lado, miles de migrantes permanecen en playas, carpas improvisadas y centros de acogida, esperando respuestas que no llegan. Por otro, los vecinos de Ceuta exigen expulsiones inmediatas, coordinados en grupos de WhatsApp que funcionan veinticuatro horas al día. En medio, un gobierno que construye nuevas instalaciones mientras ejecuta apenas un puñado de devoluciones.

Saber cumplió diecisiete años en la playa del Trampolín hace poco más de un mes. Cruzó el mar con la esperanza de que solo sería cuestión de aguantar un tiempo, de que algo cambiaría. Pero a los cincuenta y ocho días, mojado y cansado, decidió que no. Caminó hacia el puesto fronterizo de El Tarajal con una mochila ligera, sin mirar atrás, para firmar su retorno voluntario a Marruecos. No está triste, dice. Solo cansado. Pero volverá a intentarlo. Saber es uno de los más de siete mil que han elegido regresar por su propia voluntad, según las cifras oficiales. Mientras tanto, Khadija, su tía abuela, cruzaba en sentido contrario con un carrito de compras púrpura lleno de impermeables y chubasqueros. Trabajadora transfronteriza, vive en Castillejos pero entra regularmente a Ceuta. Vino a traer ropa a su sobrino nieto Ussama, que sigue en la ciudad junto a otros que cruzaron irregularmente el treinta y uno de julio. Ella cree que después de dos meses, el asilo ya no llegará. Pero qué va a hacer, pensó. Al menos que no estén mojados.

En las playas de Benítez y Trampolín, donde viven alrededor de tres mil personas en chabolas construidas con plásticos y bolsas de supermercado rellenas de tierra, la certidumbre es otra. Moha, de treinta y ocho años, tiene dos hijas al otro lado de la frontera. Ha oído que el gobierno prepara expulsiones masivas, pero no se mueve. ¿Cómo va a volver con las manos vacías? Si se va y alguno de los suyos lo logra, si se entera desde Marruecos, se sentirá un fracasado. De momento, espera a que lo metan en un centro. Inshallá, dice. Mientras tanto, el mar sube hasta la tercera línea de chabolas cuando llueve, y la lluvia está a punto de llegar.

Dos meses de emergencia migratoria han transformado las conversaciones en Ceuta. Ya no se discute quién provocó esto. Ahora solo importa qué va a pasar con esto: los más de diez mil migrantes que siguen en la ciudad, repartidos entre centros habilitados, asentamientos informales y las calles. Antonio, vecino de la playa Benítez, forma parte de los grupos de WhatsApp que coordinan manifestaciones diarias. Esperaba que los realojos en instalaciones de acogida aliviaran las playas y las calles. No ha sido así. La policía desmontó los mercadillos del interior de Trampolín hace una semana, pero la imagen del asentamiento es prácticamente la misma que hace quince o treinta días. Solo cambia el clima. No hay alivio visual. La arena sigue sin verse. En los chats, los mensajes son directos: que los devuelvan, que los suban en autobuses, de vuelta a Marruecos. Esto no es un CETI para construirles chalés donde quedarse.

Los pocos que han logrado plaza en los centros duermen bajo techo, pero muy pocos pasan el día allí. Samir muestra un vídeo del interior de las carpas del Puerto, donde decenas de hombres y algunos menores se hacinan en colchonetas. Solo en esa ubicación hay mil setecientos hombres. El día anterior comenzaron a identificarles, primer paso para iniciar expedientes de asilo o devolución. El proceso es lento. Mientras tanto, dos chicas marroquíes de veinte años, que pasaron más de cincuenta días durmiendo sobre una alfombra a las puertas de la Hípica, lograron plaza. Hoy se han maquillado y vestido con cuidado para bajar al centro de la ciudad a comer en un restaurante chino. Es un gusto parecer normal, celebran, camuflándose entre las pandillas de chicas ceutíes en el autobús.

En otro punto de la ciudad, un camión de obra sale de una de las nuevas instalaciones que prepara el gobierno. Carga escombros de lo que pronto será un nuevo centro para mujeres y niñas que aún duermen en las calles. El gobierno intenta llegar a ocho mil plazas de acogimiento; de momento va por seis mil. En la intersección, un autobús repleto de niños pasa en dirección a la Jefatura de policía para ser filiados. Alrededor de cien han logrado sitio en instalaciones ya construidas. Otros trescientos se han quedado sin ella, bajo el sol anterior a la lluvia en la playa del Trampolín. Antonio observa desde la acera. Les hacen más sitio, pero esto no va a acabar nunca. Si no se ponen a expulsar ya, todos no caben en Ceuta. Hasta el momento, el gobierno solo ha confirmado trescientas sesenta y cuatro expulsiones ejecutadas en dos meses.

En la víspera de que se cumplan exactamente sesenta días desde el cruce masivo, otro autobús se detiene en la frontera. Cien migrantes más vuelven a Marruecos, cincuenta y nueve días después de haber llegado. Y empieza a llover.

No estoy triste, estoy cansado. Pero volveré a intentarlo
— Saber, migrante de 17 años que retornó voluntariamente a Marruecos
¿Cómo voy a volver con las manos vacías? Si me voy y alguno de ellos lo logra, me sentiré un fracasado
— Moha, migrante de 38 años que permanece en asentamiento informal
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