Investigadores alemanes han puesto cifras a una sospecha que muchos llevaban en el bolsillo: tres días sin teléfono bastan para que el cerebro muestre cambios en sus circuitos de recompensa, los mismos que se activan durante la abstinencia de sustancias. El hallazgo no declara una epidemia de adicción clínica, sino que ilumina una zona gris donde la herramienta y el hábito se confunden, y donde la pregunta más honesta no es cuántas horas pasamos conectados, sino si somos nosotros quienes decidimos cuándo dejar de estarlo.