En 1807, un capitán dejó cerdos en las remotas Islas Auckland para salvar náufragos futuros; casi dos siglos después, el aislamiento extremo transformó a esos animales en algo que la ciencia nunca había visto. Lo que comenzó como un gesto de supervivencia marítima se convirtió, sin que nadie lo planeara, en un experimento evolutivo sin precedentes. Hoy, los descendientes de aquellos cerdos olvidados ofrecen pistas para tratar la diabetes y avanzar en el xenotrasplante, recordándonos que la naturaleza guarda sus revelaciones en los lugares más inhóspitos.