En las primeras horas del 15 de septiembre, cazas de la OTAN derribaron sobre territorio lituano un dron que, según fuentes preliminares, provenía de Bielorrusia. El presidente Gitanas Nauseda confirmó la intercepción como prueba de la preparación defensiva de la alianza en un momento en que la guerra en Ucrania redefine los contornos de la seguridad europea. El incidente no es un hecho aislado, sino un eslabón más en una cadena de tensiones aéreas que convierte el espacio báltico en escenario silencioso de una confrontación más amplia.