En los parques, plazas y pasillos donde los desconocidos se encuentran sin haberlo elegido, el activista Moha Gerehou observa una transformación inquietante: la hostilidad crece y los niños desaparecen. Su análisis sugiere que ambos fenómenos no son casuales, sino que están entrelazados en una misma pregunta sobre lo que significa vivir verdaderamente en comunidad. Cuando los espacios compartidos se vuelven inhóspitos, no es solo la convivencia lo que se erosiona, sino algo más hondo: la capacidad colectiva de reconocernos como parte de un mismo tejido humano.
Carlos Senghor Diatta rechaza la presión de ser futbolista
Cuando faltan los niños, la hostilidad crece más
¿Por qué crees que la presencia de niños cambia tanto la dinámica en espacios públicos?
Porque los niños son un recordatorio viviente de que estamos en comunidad. Cuando alguien ve a un niño jugando, algo en el adulto se suaviza. Hay una responsabilidad implícita de cuidar ese espacio.
Pero ¿no podría ser que simplemente hay menos niños porque las familias tienen menos dinero, menos tiempo, más miedo?
Exactamente. Y eso es lo preocupante. No es solo que falten los niños. Es que su ausencia refleja cambios más profundos: menos seguridad percibida, menos espacio para la infancia, menos confianza en lo público.
¿Entonces la hostilidad que observas, ¿es causa o consecuencia?
Es ambas cosas. La hostilidad ahuyenta a las familias. Y cuando se van, la hostilidad crece más. Es un círculo.
¿Qué se necesitaría para romper ese círculo?
Decisiones deliberadas. Espacios diseñados para que los niños estén seguros. Adultos que decidan que la convivencia vale la pena. Pero eso requiere voluntad política y recursos que ahora mismo no vemos.
The Pulse
- Gerehou documenta un aumento sostenido de hostilidad en los espacios públicos cotidianos, esos lugares donde la convivencia no se elige sino que se impone.
- La ausencia de niños en plazas y parques actúa como señal de alarma: donde antes había juego y ruido, ahora hay silencio tenso y adultos más irritables.
- La presencia infantil parece funcionar como un amortiguador social invisible que recuerda a los adultos que pertenecen a algo más grande que ellos mismos.
- Sin ese recordatorio, las pequeñas fricciones escalan con más facilidad, la tolerancia se adelgaza y el espacio común se convierte en territorio de conflicto.
- El activista advierte que esta deriva no se revertirá sola: exige una reflexión deliberada sobre quién se siente bienvenido en los espacios comunitarios y por qué tantos niños han dejado de habitarlos.
En los parques, plazas y pasillos donde los desconocidos se encuentran sin haberlo elegido, el activista Moha Gerehou observa una transformación inquietante: la hostilidad crece y los niños desaparecen. Su análisis sugiere que ambos fenómenos no son casuales, sino que están entrelazados en una misma pregunta sobre lo que significa vivir verdaderamente en comunidad. Cuando los espacios compartidos se vuelven inhóspitos, no es solo la convivencia lo que se erosiona, sino algo más hondo: la capacidad colectiva de reconocernos como parte de un mismo tejido humano.
Moha Gerehou lleva tiempo prestando atención a lo que ocurre en los lugares donde la gente coincide sin haberlo planeado: parques, plazas, pasillos de edificios. Lo que observa ahora le preocupa: hay más hostilidad en esos espacios, más irritabilidad, menos capacidad de estar con extraños sin que la tensión escale.
Hay algo que le llama la atención de forma particular: la ausencia de niños. Donde antes había movimiento, ruido y juego, ahora hay silencio. Y esa ausencia, según Gerehou, no es neutral. Cuando los niños desaparecen de los espacios públicos, algo en la convivencia se quiebra. Los adultos se vuelven menos tolerantes, las fricciones menores se convierten en conflictos, y el espacio compartido pierde su función de lugar común.
Gerehou interpreta la presencia infantil como una especie de amortiguador social: un recordatorio de que estamos en comunidad, de que hay algo más allá de uno mismo que merece cuidado. Sin ese recordatorio, el espacio se enfría y se endurece.
Para el activista, esto no es un problema que se resuelva solo. Exige preguntarse deliberadamente por qué hay menos niños en la calle, quién se siente bienvenido en los espacios comunitarios y quién no. Porque cuando los niños dejan de aparecer en los lugares donde todos tenemos derecho a estar, lo que se pierde no es solo su presencia: es una parte de la humanidad compartida que los adultos necesitamos para seguir siendo comunidad.
Moha Gerehou lleva años observando cómo cambian las dinámicas en los lugares donde la gente se cruza sin elegirlo: parques, pasillos de edificios, plazas. Lo que ve ahora le preocupa. Dice que hay más hostilidad en esos espacios compartidos, esa zona gris donde desconocidos tienen que convivir sin mediación, sin reglas claras, sin la protección de estar en casa o en un lugar que elegimos.
Pero hay algo que le llama la atención de manera particular: la ausencia. Donde antes había niños jugando, corriendo, haciendo ruido, ahora hay silencio o casi. Y esa ausencia, según observa Gerehou, no es neutral. Cuando faltan los niños en los espacios públicos, algo se quiebra en la convivencia. Los adultos se vuelven más irritables. La tensión sube. Las pequeñas fricciones se convierten en conflictos.
No es una teoría abstracta. Gerehou documenta esto desde su trabajo como activista, desde estar atento a cómo se comportan las personas en esos lugares donde todos tenemos derecho a estar. Observa que cuando hay pocos niños, la gente molesta más fácilmente. Hay menos tolerancia. Menos paciencia. Como si la presencia infantil actuara como un amortiguador social, un recordatorio de que estamos en comunidad, de que hay que cuidar algo más allá de nosotros mismos.
Esta observación toca algo más profundo sobre cómo vivimos juntos. Los espacios compartidos son donde se prueba la convivencia real, no la que imaginamos desde casa. Son donde vemos si realmente podemos estar con otros, con extraños, sin que todo se desmorone. Y si esos espacios se vuelven hostiles, si la gente se irrita más fácilmente, si hay menos capacidad de tolerancia, entonces algo fundamental está cambiando en cómo nos relacionamos como comunidad.
Gerehou señala que esto no es un problema que vaya a resolverse solo. Requiere pensar deliberadamente en cómo queremos que sean esos espacios, quién los usa, quién se siente bienvenido, quién se siente amenazado. Requiere preguntarse por qué hay menos niños en los espacios públicos y qué significa eso para todos. Porque cuando los niños desaparecen de la calle, cuando los adultos dejan de verlos jugando, algo de la humanidad compartida se pierde. Y lo que queda es más frío, más tenso, más hostil.
Notable Quotes
Gerehou señala que cuando hay pocos niños en espacios públicos, la gente molesta más fácilmente y hay menos tolerancia— Análisis del activista Moha Gerehou