En vísperas de la beatificación del arzobispo Fulton Sheen en Estados Unidos, el cardenal Tagle convocó a los fieles católicos a encarnar las virtudes de un hombre que supo llevar la fe a las pantallas de televisión y ganó un Emmy haciéndolo. La Iglesia, al elevar a Sheen al rango de beato, no borra las complejidades de su historia —incluida una investigación del FBI— sino que las sopesa frente a la totalidad de una vida consagrada a la evangelización. Es el gesto perenne de toda institución espiritual: discernir, en la mezcla impura de lo humano, aquello que merece ser recordado como luz.