En el eterno juego de los espejos que es la imitación artística, doce aspirantes se presentaron ante el jurado de Yo Me Llamo para intentar disolver su propia identidad en la de otro. Lo que el programa reveló, una vez más, es que copiar una voz es apenas el primer paso: lo verdaderamente difícil es capturar el alma de un artista. El capítulo 11 dejó en claro que entre el talento y la transformación existe una distancia que solo el trabajo y la autoconciencia pueden acortar.