Cannes consagra 'La bola negra' de los Javis, un atlas lorquiano sobre la exclusión y el deseo

La película retrata la tortura de un joven bajo negligencia materna y la violencia histórica contra márgenes sociales, reflejando ciclos de represión desde la guerra civil.
El "no" hecho objeto, la negación materializada
Cómo La bola negra convierte la exclusión social en una metáfora visual y narrativa.
Mark

¿Por qué importa que Cannes haya elegido esta película ahora, en este momento?

Mimi

Porque La bola negra no trata la exclusión como un tema histórico distante. Conecta 1937 con 2017, la guerra civil con la negligencia materna, como si dijera que la violencia nunca se fue realmente.

Luke

Pero ¿cuánto de eso está en la película y cuánto estamos proyectando nosotros? La reseña dice que "pierde un poco por el camino".

Mimi

Cierto. Es una película ambiciosa que no siempre logra lo que se propone. Pero la ovación de quince minutos sugiere que algo resonó, incluso si no fue perfecto.

Mark

¿Y qué hay de Penélope Cruz? ¿Es realmente tan central como parece?

Mimi

Es una vedette faraónica, según la crítica. Acapara la atención, lo cual tiene sentido en una película que juega con el melodrama televisivo y el vodevil como espectáculo.

Luke

Eso suena a que podría haber eclipsado otras historias. ¿La película mantiene el equilibrio entre los tres tiempos narrativos?

Mimi

No está claro. Lo que sí está claro es que los Javis querían que el cine mismo fuera un acto de resistencia poética.

Mark

¿Y Coward? ¿Cómo se relaciona con La bola negra?

Mimi

Ambas encuentran esperanza en el deseo, incluso en contextos de guerra y represión. Pero Coward es más íntima, menos épica.

Luke

Cinco películas sobre márgenes de guerra en la misma sección oficial. ¿Es una tendencia real o una coincidencia?

Mimi

Probablemente ambas cosas. Pero sugiere que Cannes está escuchando historias que antes ignoraba.

  • Una ovación de más de quince minutos en Cannes convierte 'La bola negra' en uno de los gestos cinematográficos más celebrados de la competición oficial.
  • El filme abre una herida doble: la del romance prohibido entre un falangista y un republicano en 1937, y la del joven sexiliado torturado por su propia madre ochenta años después.
  • Penélope Cruz, Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau compiten por la atención en un universo visual maximalista que mezcla referencias lorquianas, vodevil y melodrama televisivo sin pedir disculpas.
  • La película pierde algo de claridad en su ambición, pero su gesto político —defender una historia malherida mejor que la propia legislación española— justifica cada exceso.
  • Cannes 2026 revela una tendencia sin precedentes: cinco filmes en competición abordan los márgenes de la guerra, como si el festival hubiera decidido que esas historias merecen ocupar el centro.

En el corazón del Festival de Cannes, los cineastas españoles Javier Calvo y Javier Ambrossi presentaron 'La bola negra', una obra que convoca el fantasma de Federico García Lorca —asesinado antes de terminar la novela que da título al filme— para trazar una línea continua entre la violencia de la guerra civil y la exclusión social de nuestros días. La película, recibida con más de quince minutos de ovación en el Grand Théâtre Lumière, propone que el rechazo al diferente no es un accidente histórico sino un mecanismo que se repite, generación tras generación, con la misma implacable precisión de una bola negra que cae.

En el Grand Théâtre Lumière de Cannes, los Javis recibieron una ovación que se prolongó más de quince minutos. 'La bola negra' había encontrado su lugar en la sección oficial del festival más importante de Europa, y la sala entera parecía saber que algo significativo acababa de suceder.

El título proviene de una novela que Federico García Lorca nunca pudo terminar: fue asesinado por las fuerzas sublevadas antes de lograrlo. En el filme, la bola negra es el mecanismo de exclusión hecho objeto —el 'no' materializado que cae sobre la cabeza de un joven gay cada vez que solicita entrar a un club social exclusivo.

Los Javis construyen un laberinto de espejos que atraviesa dos épocas. En 1937, un romance prohibido florece entre Sebastián, un falangista vulnerable interpretado por Guitarricadelafuente, y Rafael, un republicano encarnado por Miguel Bernardeau. Las imágenes lorquianas —la nieve, la luna, el niño— aparecen sin temor, convertidas en momentos cinematográficos precisos. Penélope Cruz domina la pantalla como una vedette faraónica, y la banda sonora de Raül Refree convoca trompetas, sintetizadores y máquinas de escribir en un primer acto rico, fársico y saturado de referencias.

Ochenta años después, en 2017, Carlos González encarna a un joven torturado por una madre negligente —Lola Dueñas— cuya escena de furia ante un plato de alubias evoca inquietantemente el clímax de 'Hereditary'. La bola negra cierra así un ciclo de violencia que no deja rehenes pero sí ofrece salidas, disparando tanto a la emoción como al córtex político del espectador.

En el contexto más amplio del festival, el fenómeno resulta revelador: cinco películas en competición abordan los estragos en los márgenes de la guerra, un número que iguala exactamente el de filmes dirigidos por mujeres en la misma sección. Entre ellas, 'Coward' de Lukas Dhont encuentra una puerta al deseo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, narrando con madurez inusual el romance entre dos soldados belgas que se necesitan con urgencia. Es como si Cannes hubiera decidido, de pronto, que las historias de los márgenes merecen estar en el centro.

En el Grand Theatre Lumière de Cannes, los Javis se levantaron bajo una ovación que se extendió más de quince minutos. Su película, La bola negra, había encontrado su lugar en la sección oficial del festival más importante de Europa, y la sala entera parecía reconocer que algo significativo acababa de ocurrir en la pantalla.

El título proviene de una novela que Federico García Lorca nunca terminó de escribir. Antes de poder acabarla, fue asesinado por las fuerzas sublevadas durante la guerra civil española. En el contexto de la película, la bola negra es el mecanismo de exclusión: cae, una tras otra, sobre la cabeza de un joven gay cuando solicita entrada a un club social exclusivo. Es el "no" hecho objeto, la negación materializada, la forma en que una sociedad rechaza a quien no encaja en sus moldes.

Los Javis construyen su relato como un laberinto de espejos que atraviesa tiempos y realidades. En 1937, durante la guerra civil, un romance prohibido florece entre Sebastián, un falangista vulnerable interpretado por Guitarricadelafuente, y Rafael, un republicano de maneras heroicas encarnado por Miguel Bernardeau. La nieve, la luna, el niño —imágenes lorquianas clásicas— aparecen sin temor, convertidas en momentos cinematográficos perfectos. La fotografía evoca el trabajo de Claire Denis; el montaje, realizado por Alberto Gutiérrez, teje los contrasentidos en una paradoja coherente. Penélope Cruz domina la pantalla como una vedette faraónica, acaparando papeletas para la temporada de premios. La banda sonora de Raül Refree convoca trompetas, sintetizadores, máquinas de escribir. El primer acto es rico, fársico, saturado de referencias, como si los Javis quisieran que el cine mismo fuera un acto de resistencia poética.

Pero la película no se queda en la nostalgia. Ochenta años después, en 2017, Carlos González encarna a un joven sexiliado, torturado por una madre negligente y negligida. Esa madre es Lola Dueñas, quien protagoniza una escena de furia ante un plato de alubias que recuerda inquietantemente al clímax de Hereditary. La bola negra cierra un ciclo de violencia que no deja rehenes, pero que sí tiene salidas. La película se toma el tiempo de disparar tanto a la emoción como al córtex frontal político, defendiendo una historia malherida mejor que lo que ha hecho la legislación española. En el camino pierde algo de claridad, pero el gesto vale totalmente la pena.

En el contexto más amplio de Cannes, el interés de la sección oficial por los márgenes de la guerra resulta inaudito. Contando A Man Of His Time de Emmanuel Marre, Moulin de László Némes, Fatherland de Paweł Pawlikowski, y dos películas más proyectadas en los últimos días, suman cinco filmes sobre los estragos al borde del campo de batalla. Ese número iguala exactamente la cantidad de películas dirigidas por mujeres en competición. Es como si el festival hubiera decidido, de pronto, que las historias de los márgenes merecían estar en el centro.

En esa misma línea, Coward de Lukas Dhont encuentra una puerta abierta al deseo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El soldado belga Pierre, interpretado por Emmanuel Macchia con rasgos de ansiedad perpetua, entrega su cuerpo al pelotón mientras carga cajas, obuses y cadáveres de amigos por el fango. Uno entre centenares de soldados idénticos, vive un romance con Francis, su compañero, un ser andrógino y libérrimo interpretado por Valentin Campagne. El amor se despliega con una complicidad casi levitante, tensionado por la tragedia ineludible de la lluvia que no cesa. Coward es la película menos explosiva y cruel de toda la carrera de Dhont, también la más madura. La cobardía que da título al filme, que en otra película sería el núcleo duro del conflicto, aquí sirve casi como excusa de cierre, bajo la forma de un interrogante final. Dhont ya no busca impresionar a nadie; prefiere dar tiempo y afecto a dos soldaditos belgas que lo necesitan con urgencia.

El sueño de la primera posguerra produjo poesía
— Crítica sobre la banda sonora y atmósfera de La bola negra
Dhont prefiere dar tiempo y afecto a dos soldaditos belgas que lo necesitan con urgencia
— Sobre el enfoque maduro de Coward de Lukas Dhont
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