Dos naciones vecinas, cuya prosperidad ha estado entrelazada durante generaciones, se encuentran hoy en un momento de ruptura deliberada. Canadá, bajo el liderazgo de Carney, ha elegido responder a los aranceles de Trump no con concesiones sino con una confrontación calculada, apostando a que la presión mutua abrirá la puerta a negociaciones más honestas. Es una apuesta arriesgada: la historia del comercio bilateral entre ambos países —una de las relaciones económicas más integradas del mundo— pende ahora de la voluntad de dos gobiernos de encontrar un límite antes de que el daño se vuelva irr