En un momento de reconfiguración geopolítica global, Bruselas explora la posibilidad de ofrecer a Canadá un estatus de miembro asociado de la Unión Europea, un modelo de alianza sin precedentes que trascendería las fronteras continentales tradicionales. La iniciativa revela una UE que busca reinventarse no mediante la expansión territorial, sino mediante vínculos más flexibles con democracias afines ubicadas más allá de Europa. Si prospera, este experimento institucional podría alterar profundamente la naturaleza misma de la Unión y sentar un precedente para las alianzas democráticas del siglo