Un estudio finlandés publicado en Osteoarthritis and Cartilage revela que el deterioro del cartílago y los crecimientos óseos en rodillas pueden aparecer silenciosamente desde los 33 años, mucho antes de que el dolor avise. El hallazgo desafía la creencia de que estas alteraciones pertenecen exclusivamente a la vejez, y sitúa el peso corporal elevado y las lesiones previas como los factores de riesgo más claros. En un tiempo en que el sedentarismo y la obesidad se han vuelto condiciones comunes a edades tempranas, la ciencia recuerda que las articulaciones llevan la cuenta de nuestros hábitos
Cambios en rodillas jóvenes: hallazgos desde los 33 años alertan sobre salud articular
El movimiento bien dosificado es parte de la estrategia para mantener la salud articular
¿Por qué es importante que estos cambios aparezcan tan temprano, a los 33 años, si la mayoría de las personas no sienten dolor?
Porque sugiere que el proceso de deterioro articular comienza mucho antes de que nos demos cuenta. Es como una advertencia silenciosa de que algo está cambiando en nuestras rodillas.
Pero hay que ser cuidadosos aquí. El estudio muestra cambios estructurales, pero no sabemos si esos cambios progresan o se quedan así. Una resonancia es una foto, no una película.
¿Entonces el peso corporal es el culpable principal?
Es claramente un factor importante. Las personas con IMC más alto mostraban más alteraciones. Pero no es el único culpable.
Exacto. El estudio establece una asociación, pero no mide directamente la carga mecánica. Y Guede es claro: la artrosis es multifactorial. Intervienen lesiones previas, inflamación, cargas repetidas, capacidad física insuficiente.
¿Entonces si hago ejercicio, ¿no voy a dañar mis rodillas?
No. El ejercicio regular y bien dosificado es protector. Estimula mecanismos que lubrican y protegen el cartílago. El problema es el sedentarismo o el ejercicio mal hecho.
Aunque hay que notar que el estudio no encontró una asociación consistente entre actividad física recreativa habitual y mayor riesgo. El riesgo viene de actividades de muy alta exigencia o deportes específicos como el fútbol.
¿Qué puedo hacer ahora mismo para proteger mis rodillas?
Mantener un peso saludable, hacer ejercicio regular y bien dosificado, evitar cambios bruscos en tu nivel de actividad. Si has tenido una lesión anterior, eso es especialmente importante de considerar.
Y reconocer que esto es un proceso a largo plazo. No es una sola cosa la que causa artrosis; es la acumulación de exposiciones durante años. Por eso Guede habla de exposiciones acumuladas, no de conductas que gatillan la enfermedad.
O Pulso
- Resonancias magnéticas en adultos de 33 años detectaron daño en cartílagos y pequeños crecimientos óseos en personas que no sentían ningún dolor, revelando que la artrosis puede avanzar en silencio.
- El índice de masa corporal elevado emerge como el factor de riesgo más consistente: quienes tienen sobrepeso u obesidad presentan significativamente más anomalías estructurales en sus rodillas.
- Haber sufrido una lesión de ligamento cruzado anterior o menisco casi triplica las probabilidades de desarrollar artrosis radiográfica, convirtiendo cada lesión deportiva mal tratada en una deuda articular a largo plazo.
- El mito de que el ejercicio desgasta las rodillas es desmentido por la evidencia: el movimiento regular estimula la producción de lubricantes articulares y sustancias protectoras del cartílago, y reduce el dolor en quienes ya tienen artrosis.
- La investigación abre más preguntas que respuestas, pues al ser transversal no puede confirmar si estos cambios progresan o se estabilizan, y urge a diseñar estudios longitudinales que sigan a estas personas durante años.
Un estudio finlandés publicado en Osteoarthritis and Cartilage revela que el deterioro del cartílago y los crecimientos óseos en rodillas pueden aparecer silenciosamente desde los 33 años, mucho antes de que el dolor avise. El hallazgo desafía la creencia de que estas alteraciones pertenecen exclusivamente a la vejez, y sitúa el peso corporal elevado y las lesiones previas como los factores de riesgo más claros. En un tiempo en que el sedentarismo y la obesidad se han vuelto condiciones comunes a edades tempranas, la ciencia recuerda que las articulaciones llevan la cuenta de nuestros hábitos mucho antes de que nosotros lo notemos.
Investigadores finlandeses han documentado algo que sacude una creencia arraigada: cambios estructurales en las rodillas —deterioro del cartílago y pequeños crecimientos óseos— ya están presentes en adultos de 33 años. Lo más inquietante es que la mayoría de quienes los presentaban no sentía dolor alguno, lo que sugiere que el proceso puede avanzar de forma completamente silenciosa durante años.
Francisco Guede, kinesiólogo y doctor en Ciencias del Ejercicio de la Universidad Andrés Bello, interpreta estos resultados como una señal de que los cambios en el estilo de vida contemporáneo están afectando la salud articular a edades más tempranas. Sin embargo, advierte que una resonancia magnética captura un instante, no una trayectoria: para saber si estas alteraciones progresan o se estabilizan, se necesitan estudios longitudinales que sigan a los mismos individuos durante años.
El factor más claramente establecido por el estudio es la asociación entre un índice de masa corporal elevado y una mayor presencia de anomalías en la rodilla. Pero reducir la artrosis a un simple problema de peso sería un error: se trata de una condición multifactorial donde confluyen elementos mecánicos, metabólicos y antecedentes de lesiones. Haber sufrido una rotura de ligamento cruzado anterior o de menisco, por ejemplo, se asocia con cerca de 2,7 veces más probabilidades de desarrollar artrosis radiográfica, según una revisión sistemática reciente.
Guede desmiente con firmeza el mito de que el ejercicio físico regular daña las rodillas. La actividad recreativa habitual no mostró asociación consistente con mayor riesgo de artrosis. Al contrario, el movimiento bien dosificado favorece la producción de lubricina —que protege las superficies articulares— y estimula sustancias como la irisina, con efectos favorables sobre el cartílago. El ejercicio cumple un rol tanto preventivo como terapéutico: revisiones recientes confirman que reduce el dolor y mejora la función en personas que ya conviven con artrosis de rodilla.
El equipo de Guede ha explorado incluso el uso de videojuegos de ejercicio y realidad virtual como complemento terapéutico, con resultados alentadores. Su mensaje central es claro: más que buscar conductas que «gatillan» la artrosis, conviene entender la enfermedad como el resultado de exposiciones acumuladas durante años —exceso de peso, inflamación sistémica de bajo grado, lesiones previas, cargas mal dosificadas— frente a las cuales el movimiento regular sigue siendo el aliado más accesible y mejor documentado.
Un equipo de investigadores finlandeses ha documentado algo que desafía una creencia común sobre el envejecimiento: cambios estructurales en las rodillas, incluyendo deterioro del cartílago y pequeños crecimientos óseos, ya están presentes en adultos de apenas 33 años. El hallazgo proviene de un estudio publicado en la revista Osteoarthritis and Cartilage que utilizó resonancias magnéticas para examinar las rodillas de un grupo de adultos jóvenes. Lo notable es que la mayoría de quienes mostraban estas alteraciones no experimentaba dolor ni molestias, lo que sugiere que los cambios pueden ocurrir silenciosamente, sin que la persona lo note.
Francisco Guede, kinesiólogo y doctor en Ciencias del Ejercicio de la Universidad Andrés Bello, analiza estos resultados como una señal de cómo los cambios en el estilo de vida contemporáneo podrían estar afectando la salud articular en edades más tempranas. Sin embargo, advierte sobre una limitación importante: una resonancia magnética captura un instante en el tiempo, no una trayectoria. Para saber si estos cambios progresan o se estabilizan, se necesitarían estudios longitudinales que siguieran a estas personas durante años. El investigación finlandesa marca un punto de partida, pero requiere continuidad para entender realmente qué está sucediendo.
Un factor quedó claramente establecido: la asociación entre un índice de masa corporal elevado y una mayor presencia de anomalías en la rodilla. Las personas con un IMC más alto mostraban más alteraciones estructurales, incluyendo lesiones del cartílago, osteofitos (pequeños crecimientos óseos) y lesiones de médula ósea. Desde una perspectiva mecánica, el peso corporal adicional genera mayores demandas sobre la articulación, aunque el estudio no midió directamente esa carga. Esta relación es coherente con evidencia reciente que identifica el sobrepeso y la obesidad como factores modificables asociados a un mayor riesgo de artrosis de rodilla a lo largo de la vida.
Pero reducir la artrosis a un simple desgaste por peso sería un error, según Guede. Se trata de una condición multifactorial donde interactúan elementos mecánicos, metabólicos, lesiones previas y otras exposiciones. Un antecedente particularmente importante es haber sufrido una lesión previa, especialmente del ligamento cruzado anterior o los meniscos. Una revisión sistemática reciente encontró que este antecedente se asocia con cerca de 2,7 veces mayores probabilidades de desarrollar artrosis radiográfica. También se han identificado riesgos vinculados a trabajos físicamente exigentes y a cargas repetidas sobre la articulación.
Un mito que Guede desestima es la idea de que el ejercicio físico regular daña las rodillas. La actividad física recreativa habitual no mostró una asociación consistente con un mayor riesgo de artrosis. El sedentarismo tampoco pudo establecerse como causa directa. Los riesgos se relacionan principalmente con determinadas actividades de alta exigencia y con algunos deportes específicos, como el fútbol. Actualmente, los investigadores también exploran el posible papel de factores ambientales como la contaminación del aire, ciertos metales y disruptores endocrinos, aunque esta es una línea de investigación emergente sin relaciones causales establecidas aún.
El movimiento, en cambio, es un aliado. Mantener la articulación en movimiento mediante ejercicio regular y bien dosificado es relevante para conservar la salud articular. El movimiento favorece mecanismos fisiológicos como la producción de lubricina, que contribuye a la lubricación y protección de las superficies articulares. La contracción muscular inducida por el ejercicio estimula sustancias como la irisina, asociadas con efectos favorables sobre el metabolismo del cartílago. El ejercicio cumple un rol tanto preventivo como terapéutico: una revisión reciente mostró que el ejercicio terapéutico puede reducir el dolor y mejorar la función física en personas que ya conviven con artrosis de rodilla, aunque no existe una modalidad única superior para todos los pacientes.
El equipo de Guede ha explorado incluso el uso de exergames y realidad virtual no inmersiva como complemento del ejercicio terapéutico en personas con artrosis de rodilla o cadera, con resultados favorables en variables funcionales y en la reducción del dolor. Para Guede, es fundamental no transmitir la idea de que hacer ejercicio desgasta la rodilla. El movimiento y el ejercicio bien dosificados son parte de la estrategia para mantener la salud articular. La artrosis es un proceso multifactorial donde pueden confluir durante años el exceso de peso, un estado inflamatorio sistémico de bajo grado, antecedentes de lesiones articulares, cargas repetidas o mal dosificadas, y una capacidad física insuficiente para responder a esas demandas. También pueden influir cambios bruscos en el nivel de actividad o prácticas deportivas realizadas sin preparación adecuada. Más que hablar de conductas que gatillan la artrosis, el investigador prefiere hablar de exposiciones que, acumuladas en el tiempo, pueden aumentar el riesgo.
Citações Notáveis
La artrosis es un proceso multifactorial en el que pueden confluir durante años factores como el exceso de peso, un estado inflamatorio sistémico de bajo grado, antecedentes de lesiones articulares, cargas repetidas o mal dosificadas y una capacidad física insuficiente— Francisco Guede, kinesiólogo y doctor en Ciencias del Ejercicio, Universidad Andrés Bello