En las profundidades del mar Báltico, la humanidad continúa su lenta negociación con el viento y el agua: el buque Windpiper de Boskalis ha comenzado a depositar decenas de miles de toneladas de roca sobre el lecho marino polaco, protegiendo los cables que algún día llevarán energía renovable a tierra firme. Este gesto técnico —preciso, silencioso, invisible desde la costa— forma parte de la ambición de Polonia de reconfigurar su relación con la energía. Lo que ocurre bajo las olas de los proyectos Bałtyk 2 y Bałtyk 3 es, en esencia, la construcción paciente de un futuro que aún no se ve.