Borges piensa en voz alta: la inteligencia sin pedantería en sus conferencias reunidas

La imaginación seguirá interesando cuando los problemas políticos sean polvo
Borges explicaba por qué confiaba en el arte por encima de cualquier otro compromiso del escritor.
Mark

¿Por qué importa tanto que estas conferencias hayan sido preservadas? ¿No tenemos ya sus libros?

Mimi

Los libros son una cosa. Pero aquí está Borges pensando en voz alta, corrigiendo el curso de sus ideas sobre la marcha, hablando con gente real en la sala. Es el escritor sin la red de la página impresa.

Mark

Menciona que se repetía constantemente. ¿No es eso una debilidad?

Mimi

Al contrario. Significa que ciertos temas lo obsesionaban de verdad. La anécdota del primer libro, contada veinte veces, no es repetición: es una verdad que necesitaba reafirmar.

Mark

¿Qué tan seria era su preocupación por la desaparición del libro?

Mimi

Completamente seria. Pero no era nostalgia ingenua. Veía que algo fundamental estaba en riesgo: la idea del libro como diálogo, como encuentro entre dos soledades.

Mark

¿Cree que tenía razón?

Mimi

Eso depende de cómo se lea la pregunta. Sobre el futuro del libro, quién sabe. Pero sobre lo que el libro representa, sobre su valor como forma de pensar, creo que sí.

  • Más de 400 páginas de conferencias pronunciadas durante 25 años, editadas por Sara Luisa del Carril
  • Borges dio la primera conferencia en 1960, cinco años después de quedar ciego
  • Contaba repetidamente la historia de Fervor de Buenos Aires, su primer libro de 1921, autofinanciado con 300 pesos

Borges ofrecía conferencias de memoria durante 25 años, tejiendo ideas de Schopenhauer, sagas escandinavas y literatura clásica con una cortesía característica y humildad genuina. El escritor desconfiaba de la literatura comprometida, los nacionalismos y el presente como escenario narrativo, confiando en cambio en la imaginación y la creación literaria como legado duradero.

La publicación de conferencias reunidas de Jorge Luis Borges muestra su inteligencia excepcional, erudición sin pedantería e ironía sin frivolidad, capturando al escritor argentino en diálogo directo con sus audiencias durante un cuarto de siglo.

Joaquín Sabina recordaba a su amigo Javier Krahe bromeando sobre sus aspiraciones: "Yo quiero ser o Borges o bailable". La frase cobra sentido al leer las Conferencias reunidas que acaban de publicarse, más de cuatrocientas páginas donde la inteligencia de Borges se despliega sin la pedantería que podría esperarse, sin la frivolidad que suele acompañar la ironía fácil. Hay algo en estas intervenciones públicas que las acerca a esa idea de un Borges bailable, aunque sea de manera caprichosa: aquí el escritor no se dirige a una multitud abstracta, sino que habla con cada persona en la sala, ciego y pequeño, de pie ante un micrófono o sentado tras un escritorio con la corbata bien puesta, siguiendo un mapa mental que existía solo en su cabeza.

Durante un cuarto de siglo, Borges pronunció estas conferencias de memoria, hilvanando referencias a Schopenhauer, sagas nórdicas, décimas del Martín Fierro, siempre con una cortesía que parecía genuina aunque fuera impuesta. A veces ni siquiera sabía de qué hablaría hasta el último momento. En 1980, una conferencia comenzaba así: "Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos". Lo que seguía era esa humildad borgiana que resulta simultáneamente falsa y verdadera, la modestia exagerada que solo puede emitir quien está completamente seguro de sus méritos. "Ustedes quizás los conozcan mejor que yo", decía de sus propios relatos, "ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos". Era una forma refinada de coquetería, la sinceridad disfrazada de modestia.

Estas conferencias fueron cuidadosamente editadas por Sara Luisa del Carril, quien durante medio siglo editó sus libros en Argentina. Es el Borges que pedía a sus interlocutores que no lo avergonzaran con elogios, el que decía "como todos ustedes saben" antes de soltar un fragmento de erudición que nadie en la sala conocía. Es también el Borges que se repetía, porque nadie puede dar conferencias durante veinticinco años sin recurrir a los mismos repositorios mentales: las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores que lo obsesionaban. Contaba una y otra vez la historia de su primer libro, Fervor de Buenos Aires, cómo su padre se negó a leer el manuscrito pero le dio los trescientos pesos para la autoedición. Cuando recibió los ejemplares, Borges pidió al librero que los metiera en los bolsillos de los abrigos que los clientes dejaban en la entrada. Uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y años después, tras la muerte del padre, alguien encontró su ejemplar, leído y corregido con rigor en los márgenes.

Borges desconfiaba de la literatura comprometida porque el compromiso supone un control sobre la obra que nadie posee. Citaba a Kipling: a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de su fábula. Desconfiaba de los nacionalismos, meras actos de fe. Desconfiaba del presente como escenario narrativo porque el lector vivo en ese presente tiende a convertirse en censor, buscando inconsistencias en lugar de abandonarse a la magia del relato. ¿En qué confiaba entonces? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. "Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales", dijo en 1975. "Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. El carácter de Hamlet, los personajes de Conrad, la amistad de don Quijote y Sancho".

Cuando comenzó a dar estas conferencias en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera, incapaz de leer o escribir, aunque esa pérdida había llegado como un largo crepúsculo. Pero hay una nota de melancolía genuina en estas páginas, rara en un libro que celebra la literatura como destino. "Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir", dijo, "y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros". Evocaba entonces a Casiodoro, quien hace siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar los libros antiguos para preservarlos. Borges advertía que el libro estaba amenazado: por los periódicos, por el riesgo de que la gente dejara de leer libros para leer noticias; por las invenciones mecánicas como la radiotelefonía; por el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores estaban desapareciendo. Recordaba a Mallarmé hablando de "un libro vestido de hierro" y se preguntaba si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Cada uno podía tomarlo como quisiera.

Ustedes quizás conozcan mis cuentos mejor que yo, ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos
— Borges, en sus conferencias
Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales. Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando
— Borges, conferencia de 1975
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