Benjamin Moser: «¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez»

Muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu?
Moser cuestiona el silencio de los gobiernos occidentales frente a la política israelí, señalando que solo Pedro Sánchez se atreve a oponerse públicamente.
Mark

¿Cómo pasa alguien de escribir biografías de escritoras a cuestionar la política de Oriente Medio?

Mimi

No es un salto. Es el mismo trabajo. Cuando escribes sobre alguien, aprendes a ver lo que esa persona ve. Lispector y Sontag me enseñaron a pensar por mí mismo, a no dar nada por hecho. Eso es lo que hago ahora.

Mark

Pero usted es judío. ¿No siente que está traicionando a su comunidad?

Mimi

Siento que estoy siendo honesto con ella. La traición real es usar el sufrimiento histórico como escudo para evitar la responsabilidad presente. Eso es lo que me enseñó vivir en Holanda: que puedes amar a tu gente y aún así cuestionarla.

Mark

¿Por qué menciona específicamente a Pedro Sánchez?

Mimi

Porque es el único líder occidental que se atreve a decir en voz alta lo que muchos piensan en privado. El silencio de los demás es ensordecedor. Es cómodo.

Mark

¿Cree que Israel se autodestruye?

Mimi

Creo que cualquier poder que se construye sobre la victimización histórica eventualmente se vuelve contra sí mismo. Es matemático. No es predicción, es lógica.

Mark

¿Y los judíos que viven en Israel y tienen miedo?

Mimi

Tienen razón en tener miedo. Pero el miedo no justifica todo. Los palestinos también tienen miedo. Las mujeres tienen miedo. Los inmigrantes tienen miedo. El miedo es universal. No es una razón para monopolizar el poder.

Mark

¿Qué espera que suceda?

Mimi

Que crezamos. Que dejemos de escondernos detrás de lo que nos pasó hace ochenta años y empecemos a responder por lo que hacemos hoy.

  • Moser lanza una acusación directa: solo Pedro Sánchez se opone a Netanyahu, mientras el resto de Occidente mira sin actuar.
  • El historiador desmonta el argumento de la seguridad judía señalando que los judíos en Francia, España o París gozan de plenos derechos bajo el Estado de derecho, igual que cualquier otro ciudadano.
  • Su tesis más provocadora sostiene que sin el Holocausto como herramienta política, el sionismo no habría podido reclamar una tierra propia bajo el manto del victimismo.
  • Aplica una metáfora de jiu-jitsu: Israel estaría usando su propia fuerza para destruirse, del mismo modo que Bin Laden creía que solo América podía destruir América.
  • La crítica gana peso porque viene de alguien que ha pasado veinte años rastreando cómo el poder, la belleza y la verdad se distorsionan en lo que las sociedades eligen defender o ignorar.

Benjamin Moser, historiador del arte y biógrafo galardonado con el Pulitzer, habla desde su retiro en el Périgord francés para cuestionar los fundamentos morales del sionismo contemporáneo. Argumenta que el uso del Holocausto como justificación política para reclamar territorio ha llegado a su límite histórico, y que las democracias occidentales, con la excepción de Pedro Sánchez, guardan un silencio que él considera cómplice. Su crítica no nace del odio sino de dos décadas estudiando cómo el poder se disfraza de verdad en el arte, la biografía y la política.

Benjamin Moser vive retirado en el Périgord francés, rodeado de glicinias y a veinte minutos de las cuevas de Lascaux, junto a su pareja holandesa Arthur. A los 49 años, este historiador del arte estadounidense lleva dos décadas en ese refugio, aunque su vida pública como biógrafo galardonado con el Pulitzer lo mantiene en el centro del debate intelectual. Su carrera comenzó casi por accidente a los 23 años, en una editorial neoyorquina, y desde entonces ha escrito sobre Clarice Lispector y Susan Sontag, revelando en esta última que fue ella, y no su marido Philip Rieff, quien escribió realmente Freud, la mente del moralista, y que cambió la custodia de su hijo por un libro.

Ahora publica El mundo del revés, un estudio sobre los pintores del Siglo de Oro holandés que le tomó veinte años. En él cuestiona las atribuciones de Rembrandt, cuyo catálogo inflado responde más a intereses del mercado del arte que a la verdad histórica. Lo que le fascina de Rembrandt, dice, es que pintaba a quienes nadie más retrataba: criminales, mártires, asesinos. No nos enamoramos de los santos, sino de quienes contienen todas las posibilidades de la humanidad.

Pero la conversación que Moser realmente quiere tener es sobre Netanyahu. Ha escrito Anti-Zionism: A Jewish History, un recorrido por el pensamiento judío contrario al sionismo, y argumenta que ha llegado el momento de que los judíos abandonen el victimismo histórico como justificación política. Creció convencido, como muchos estadounidenses, de que su país hacía el bien en el mundo. Fue su pareja holandesa quien le enseñó a mirar desde afuera: en un país pequeño, aprendes la lengua de tus vecinos; en Norteamérica, la ignorancia es parte de la cultura.

Moser rechaza la idea de que los judíos necesiten un Estado propio para estar seguros, señalando que en Francia, España o cualquier democracia occidental gozan de plenos derechos y protección legal. Nadie, dice, monopoliza el victimismo. Y lanza una pregunta que parece dirigida a los gobiernos del mundo: muchos países se opusieron al nazismo, ¿quién se opone hoy a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez, responde él mismo. Para explicar la dinámica en curso, recurre al jiu-jitsu: Israel, tan obvio que cuesta verlo, estaría usando su propia fuerza para destruirse, igual que Bin Laden creía que solo América tenía el poder de destruir América.

Benjamin Moser vive en una casa perdida en el Périgord francés, rodeada de glicinias y olivos, a veinte minutos de las cuevas de Lascaux. A los 49 años, este historiador del arte estadounidense ha pasado dos décadas allí con su pareja holandesa, Arthur, en un retiro que contrasta radicalmente con la vida pública que construyó como biógrafo galardonado con el Pulitzer. Su carrera comenzó por accidente: a los 23 años, trabajaba en una editorial neoyorquina cuando su jefe le pidió que acompañara a un autor a comer. Esa noche leyó una novela de Arthur y pensó simplemente: es un anciano, ¿por qué no? Veinte años después, sigue siendo la decisión que define su vida.

Moser ha escrito biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag, la última de las cuales ganó el Pulitzer. Pasó cinco años investigando a Lispector, cobrando apenas 8.000 euros, traduciendo restaurantes por 1.000 dólares para vivir. Cuando le encargaron la biografía de Sontag a los 25 años, supo que era su oportunidad para escribir sobre su propia cultura. Fue biógrafo autorizado con acceso a documentos y familia, pero la biografía no fue autorizada en el sentido que importa: pasó un año negociando un contrato que permitiera a la familia leer el manuscrito y corregir errores. Descubrió cosas que nadie esperaba que revelara. Que Sontag, no su marido Philip Rieff, había escrito realmente Freud, la mente del moralista. Que era gay, no bisexual. Que cuando se divorció, su marido la amenazó con quitarle a su hijo, y ella cambió la custodia por un libro.

Ahora Moser ha escrito un libro sobre los pintores del Siglo de Oro holandés llamado El mundo del revés, que le tomó veinte años porque sentía que no sabía lo suficiente. En él cuestiona las atribuciones de obras maestras, particularmente las de Rembrandt, cuyo catálogo de 600 cuadros contiene cientos de obras auténticas rodeadas de zonas grises que nunca se aclaran porque vender un Rembrandt genera más dinero que vender un cuadro de la escuela de Rembrandt. Pintó 80 autorretratos, aunque algunos se cuestionan ahora. Lo que fascina a Moser es que Rembrandt pintaba criminales, mártires, muertos, asesinos, violadores, gente que nadie más retrataba. No nos enamoramos de los santos, dice. Nos enamoramos de quienes tienen todas las posibilidades de la humanidad, del santo al monstruo.

Pero en esta entrevista, Moser no quiere hablar principalmente de arte holandés. Quiere hablar de Netanyahu. Ha escrito un libro llamado Anti-Zionism: A Jewish History sobre pensadores judíos opuestos al sionismo, y cree que ha llegado el momento de que los judíos dejen de usar el victimismo histórico como justificación política. Creció cegado, dice, como tanta gente estadounidense convencida de que su país hace el bien en el mundo. Su pareja holandesa le enseñó a ver desde otro punto de vista. En un país pequeño, aprendes la lengua de tus vecinos. En Norteamérica, la ignorancia es parte de la cultura.

Moser rechaza el argumento de que los judíos necesitan un Estado propio para tener seguridad. ¿Los judíos en España no tienen donde vivir si pueden pagar una casa? ¿Los de París? Uno no puede hacer suyo el victimismo de gente de hace cinco siglos. Los judíos en Francia tienen todos los derechos y están protegidos por el Estado de derecho. Pueden tener miedo, pero también los musulmanes, los negros, los inmigrantes, las mujeres. Nadie monopoliza el victimismo. El problema, dice, es que sin el Holocausto, los judíos no hubieran podido clamar por una tierra propia escondiéndose en ser la más víctima entre las víctimas. Cree que ha llegado el momento de crecer.

Luego dice algo que parece dirigido directamente a los gobiernos occidentales: muchos países se opusieron al nazismo. ¿Quién se opone a Netanyahu? Solo Pedro Sánchez. El resto de la supuesta civilización, ¿qué hace? Aplica una metáfora de jiu-jitsu: Israel es tan obvio que cuesta de ver. Es un principio de jiu-jitsu, dejar que tu oponente use su fuerza contra sí mismo. Osama Bin Laden pensaba que solo América tenía el poder de destruir América. Lo mismo, dice, puede aplicarse a Israel. Es una crítica que no viene de la ignorancia sino de alguien que ha pasado veinte años estudiando cómo el poder, la belleza y la verdad se reflejan en lo que hacemos, en lo que pintamos, en lo que escribimos, en lo que elegimos defender o permitir que suceda.

Sin un holocausto, los judíos no hubieran podido clamar por una tierra propia escondiéndose en ser la más víctima entre las víctimas
— Benjamin Moser
Es un principio de jiu-jitsu: dejar que tu oponente use su fuerza contra sí mismo
— Benjamin Moser, sobre Israel
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