BADA superó los 100 mil visitantes y se consolidó como evento masivo del calendario cultural porteño, con fuerte interés en obras accesibles de bajo precio. Mientras algunos artistas como Sofía Wiñazki vendieron alrededor de 40 obras, numerosos expositores reportaron pocas ventas, reflejando la situación económica recesiva general del país.
BADA 2026 cierra con más de 100 mil visitantes pero menos ventas de obras de alto precio
Quiero que estos hijos circulen y la gente se los lleve
¿Cómo se explica que BADA haya tenido más visitantes pero menos ventas de obras caras?
La Argentina está en recesión. La gente va a mirar, a conectar con el arte, pero compra lo que puede pagar. Eso es lo que vimos: mucho movimiento en obras de sesenta a cuatrocientos dólares, muy poco en las de mayor precio.
Pero espera. Ana Spinetto dijo que "se está vendiendo muchísimo" y mencionó una venta de dieciséis mil dólares. ¿Cómo reconciliamos eso con lo que reportaron los artistas en los stands?
Los lunares rojos en las paredes contaban la verdad. Muchos stands tenían muy pocos. Spinetto habla desde la perspectiva organizacional; los artistas hablan desde su experiencia real.
¿Entonces la feria fue un fracaso?
No exactamente. Para algunos artistas como Sofía Wiñazki fue excelente. Para otros fue una oportunidad de visibilidad sin recuperar inversión. Ángeles Estrada Vigil gastó dos mil quinientos dólares en el stand y no los recuperó, pero dijo que valió la pena.
Eso es importante aclarar: los artistas pagaban todo. Traslado, alojamiento, embalaje, seguros. El stand costaba entre dos mil y cuatro mil dólares. La feria además cobraba entrada. ¿Cuántos artistas realmente ganaron dinero?
Esa es la pregunta incómoda. La feria funcionó como espacio de visibilidad y conexión directa con el público. Pero económicamente, para la mayoría, fue un ejercicio de fe.
¿Y qué pasó con los artistas seleccionados por la Secretaría de Cultura?
Tuvieron la ventaja de no pagar stand, pero igual corrieron con todos los otros gastos. Samuel Paiva, María Alejandra Etcheverry, Stefania Cartasegna, Agustina Villalba Palomino: todos artistas jóvenes que necesitaban visibilidad.
Pero no sabemos cuánto vendieron. El artículo no da esos números. Solo sabemos que Sofía Wiñazki vendió cuarenta obras y Sara Stewart Brown seis. El resto es silencio.
Exacto. Y ese silencio dice algo sobre cómo funciona el mercado del arte en Argentina ahora: concentrado, desigual, donde algunos ganan y muchos simplemente están presentes.
El Pulso
- BADA 2026 superó los 100 mil visitantes en el Pabellón Verde de La Rural
- Sofía Wiñazki vendió aproximadamente 40 obras a un promedio de 2 millones de pesos diarios
- Los stands costaban entre 2.000 y 4.000 dólares; todos los gastos de participación corrieron por cuenta de los artistas
- Participaron 300 artistas de 10 países diferentes; 5.000 artistas se presentaron para participar
BADA superó los 100 mil visitantes y se consolidó como evento masivo del calendario cultural porteño, con fuerte interés en obras accesibles de bajo precio. Mientras algunos artistas como Sofía Wiñazki vendieron alrededor de 40 obras, numerosos expositores reportaron pocas ventas, reflejando la situación económica recesiva general del país.
La feria de arte BADA 2026 cerró con más de 100 mil visitantes y mayor afluencia de público joven, pero registró ventas desiguales: obras de bajo precio encontraron compradores mientras artistas reportaron caída en operaciones de mayor valor.
La feria de arte BADA cerró sus puertas el domingo pasado en el Pabellón Verde de La Rural con una paradoja incómoda: más gente que nunca, pero menos dinero circulando. Los organizadores anunciaron que superaron los cien mil visitantes, consolidando el evento como un paseo masivo del calendario cultural porteño. Sin embargo, recorrer los stands en el último día revelaba una historia más complicada. Mientras las obras de precio accesible encontraban compradores —especialmente entre un público joven interesado en acercarse a las artes plásticas sin gastar fortunas—, numerosos artistas reportaban una caída notable en las operaciones de mayor envergadura. La feria se había convertido en un espejo de la Argentina actual: recesiva, donde solo los espacios gastronómicos parecían mantener las luces encendidas.
La organizadora Ana Spinetto destacó el crecimiento en fotografía y arte textil, y mencionó una venta por dieciséis mil dólares. Pero los lunares rojos pegados en las paredes de cada stand —marcas que registran las ventas— contaban una historia diferente. En muchos espacios había apenas un puñado. Los trescientos artistas participantes ofrecían obras que iban desde sesenta dólares hasta cuatro mil o más, según materiales y dimensiones. Se les había pedido a los artistas invitados que llevaran diez obras a cien dólares, aunque luego podían vender a distintos precios. Sofía Wiñazki, hija del filósofo Miguel Wiñazki, fue una excepción luminosa: vendió alrededor de cuarenta obras, con un promedio de dos millones de pesos diarios, principalmente en el rango de cien a cuatrocientos dólares. Su stand compartido con Sara Stewart Brown —conocida como Kiwita, quien fue pareja del periodista Jorge Lanata— atraía compradores constantemente. Stewart Brown, que había vendido todo lo que llevó el año anterior, esta vez logró colocar seis obras de doscientos cincuenta dólares cada una, una diferencia notable que reflejaba el cambio en el clima económico.
La feria reunió a artistas de diez países diferentes. Aproximadamente cinco mil artistas se presentaron para participar, aunque solo trescientos fueron seleccionados. El cincuenta por ciento de los expositores llegaba por primera vez; la otra mitad ya había participado en ediciones anteriores. El cuarenta por ciento provenía de la Ciudad de Buenos Aires y el sesenta por ciento del resto del país, incluyendo la provincia de Buenos Aires. La Secretaría de Cultura de la Nación, bajo la dirección de Leonardo Cifelli, seleccionó nueve propuestas para un stand institucional surgidas de un concurso de artistas jóvenes. Entre ellos estaban Samuel Paiva de Jujuy, María Alejandra Etcheverry de San Luis, Stefania Cartasegna de Córdoba y Agustina Villalba Palomino de la provincia de Buenos Aires.
Pero la participación tenía un costo real. Los gastos de traslado, alojamiento, viáticos, embalaje, transporte de obras, seguros e insumos para el montaje corrieron por cuenta exclusiva de cada artista. La única ventaja fue que no pagaron el stand, cuyos costos oscilaban entre dos mil y cuatro mil dólares. La feria además cobraba entrada. Ginette Reynal, una pintora conceptual con veinte años de trayectoria, reconoció que vendió poco, pero mantuvo la perspectiva: "Estamos hablando de la Argentina, que en todos los rubros vende menos". Bajó sus precios a la mitad —sus obras oscilaban entre doscientos y seiscientos dólares— porque quería que sus obras circularan. "Quiero que estos hijos circulen y la gente se los lleve", dijo.
Ángeles Estrada Vigil, una artista nacida en Viena que ha vivido en distintos países y trabaja como fotógrafa para la ONG International Institute for Sustainable Development, presentó tres series sorprendentes: "Abundancia", "Folk Pop" y "Humano Cero". Cada una exploraba una pregunta central: qué queda de lo humano detrás de los objetos, las imágenes y los rituales de la vida contemporánea. "Abundancia" combinaba fotografía, dibujo, modelado 3D y resina, transformando objetos y símbolos populares en pequeños universos cargados de deseo, memoria e ironía. "Folk Pop" desplegaba un territorio vibrante de flores, animales y referencias a la cultura popular a través del color y el collage. "Humano Cero", en cambio, era una serie con fuerte carga social: esculturas vaciadas de color, despojadas de rasgos individuales, congeladas en gestos de supervivencia cotidiana. Una de ellas, titulada "108" —como la línea telefónica de atención social inmediata en Buenos Aires—, mostraba una figura humana debajo de una manta, sin rostro, en color blanco yeso. Otras miniaturas representaban figuras revolviendo contenedores de basura. La serie hablaba de indiferencia, fragilidad y aislamiento: cuerpos que ante la mirada social se vuelven invisibles. Estrada Vigil había comenzado su trayectoria artística trabajando con una cooperativa cartonera en un proyecto llamado "Producción Ciruja". Como diseñadora industrial, podía trabajar con modelos 3D y distintas materialidades que volcaba en sus esculturas y pinturas.
Un momento que la dejó perpleja ocurrió cuando una mujer llegó al stand preguntando el precio de una obra porque le gustaba para decorar su jardín. Era la escultura de un hombre en situación de calle. Estrada Vigil le preguntó si estaba segura y le explicó el contenido de la obra. Las piezas de la artista tenían un valor que iba desde sesenta dólares hasta ocho mil —el precio de "108"—. Accesibles, frescas algunas, interpelantes otras, con una iconografía plena de significados que abarcaban desde la cosmovisión latinoamericana hasta la oriental, su obra recibió muchas consultas. Para Estrada Vigil, estar en BADA por primera vez fue importante. "Es muy difícil entrar a una galería cuando no te conocen", explicó. Quería ver qué generaba su obra en otros, interpelar a los visitantes y recibir su devolución. No recuperó los dos mil quinientos dólares que invirtió en el stand, pero consideró que valió la pena estar allí. La feria se había convertido en un espacio donde los artistas podían mostrar su trabajo directamente al público, aunque el costo económico de esa visibilidad recayera completamente sobre sus hombros.
Citas Notables
Vendí un promedio de dos millones de pesos por día— Sofía Wiñazki, artista
Estamos hablando de la Argentina, que en todos los rubros vende menos— Ginette Reynal, pintora
No recupero lo que invertí en el stand, pero valió la pena estar en BADA— Ángeles Estrada Vigil, artista