Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, afronta esta semana un momento de verdad política: el debate del estado de la región llega envuelto en la sombra de un ático de lujo adquirido por una empresa pública cuyo propósito nadie ha explicado con claridad. Lo que durante años fue su mayor fortaleza —la capacidad de marcar el ritmo del debate— se ha invertido, y ahora es ella quien reacciona. En la historia de los liderazgos políticos, pocas pruebas son tan reveladoras como aquellas en las que el propio electorado empieza a dudar.