En el corazón de una región que sostiene buena parte de la energía del mundo, Arabia Saudita ha cerrado su oleoducto Este-Oeste —su única alternativa al estrecho de Ormuz— tras una serie de ataques de rebeldes hutíes en el mar Rojo. Lo que era una válvula de escape estratégica se convierte ahora en una vulnerabilidad expuesta: el crudo saudí vuelve a depender de un solo paso, y con él, la estabilidad energética global queda más estrechamente atada a los vaivenes de un conflicto que no muestra señales de apaciguarse.