Cuando Steve Jobs murió en 2011, muchos dudaron de que Apple pudiera sobrevivir sin su genio fundador; quince años después, Tim Cook entrega una compañía trece veces más valiosa a John Ternus, un ingeniero discreto forjado en la misma casa. El relevo, efectivo el 1 de septiembre, no es solo un cambio de guardia corporativo: es la prueba de que las instituciones pueden trascender a sus creadores, aunque el peso de la herencia nunca desaparece del todo.