Hay actores que eligen el camino del reconocimiento fácil, y hay quienes eligen el laberinto. Andrew Scott pertenece a la segunda estirpe: el dublinés de cincuenta años ha construido, con paciencia casi monástica, una carrera de personajes fracturados que exigen tanto al intérprete como al espectador. Su último papel —el meteorólogo James Stagg, el hombre cuya lectura del cielo abrió o cerró las puertas del desembarco de Normandía— no es solo una actuación histórica, sino una meditación sobre la responsabilidad de decir la verdad cuando el poder prefiere el silencio.