En el transcurso de una generación, el cerebro humano ha comenzado a delegar silenciosamente una de sus funciones más antiguas: la de retener aquello que importa. La llamada amnesia digital no es una enfermedad ni un declive, sino una adaptación —tan lógica como inquietante— al entorno de disponibilidad permanente que construyeron los dispositivos móviles. Cuando la información siempre está a un deslizamiento de distancia, la mente aprende a localizar en lugar de conservar, redibujando los límites entre lo que somos y lo que llevamos en el bolsillo.