En un momento en que la inteligencia artificial remodela silenciosamente los cimientos de la civilización, el mundo se debate entre el miedo a lo que podría venir y la urgencia de no quedarse atrás. Washington y Pekín, adversarios en casi todo, coinciden en no frenar su desarrollo, mientras incidentes concretos —ataques en enjambre, estafas autónomas— recuerdan que los riesgos no son puramente filosóficos. La pregunta que subyace no es solo si la IA puede destruirnos, sino quién define el peligro, y con qué propósito.