En el umbral de la temporada de Halloween, tres de los mayores minoristas de Estados Unidos se vieron obligados a retirar disfraces que, lejos de evocar fantasía inocente, resonaban con los fantasmas más oscuros de la historia humana: el nazismo y el racismo sistémico. El episodio revela que el comercio masivo, con toda su capacidad logística, sigue tropezando con la memoria colectiva del dolor. Lo que se vende como entretenimiento puede convertirse, sin quererlo, en una herida abierta para comunidades enteras.