Por primera vez desde la crisis de 2008, los rendimientos de los bonos soberanos mundiales escalan a niveles que obligan a repensar el orden financiero global. Gobiernos endeudados, inflación persistente e inversores exigentes confluyen en un momento que no es solo una turbulencia pasajera, sino posiblemente el umbral de un nuevo régimen estructural en los mercados de deuda. Para millones de familias —desde Santiago hasta Tokio— este fenómeno abstracto se traduce en hipotecas más caras, pensiones más frágiles y un acceso al crédito cada vez más estrecho.