En un momento que resonará en la historia europea, los alemanes han expresado en las urnas lo que la economía ya venía escribiendo en sus vidas cotidianas: el agotamiento de un sistema político que prometía estabilidad mientras la población se empobrecía. El voto masivo hacia los extremos no es una anomalía, sino la consecuencia lógica de una confianza democrática que se ha ido erosionando en silencio. Alemania enfrenta ahora la pregunta más difícil de toda democracia: cómo reconstruir el vínculo entre las instituciones y los ciudadanos cuando ese vínculo ya se ha roto.