En el corazón de la democracia alemana se libra una batalla silenciosa sobre cómo responder al ascenso de la AfD sin destruir los principios que se pretende defender. Prohibir el partido o absorber sus ideas son tentaciones simétricas que conducen al mismo fracaso: la erosión del orden constitucional desde adentro o desde afuera. Lo que la historia y la razón política sugieren es un camino más exigente: aplicar con rigor las leyes existentes, aislar institucionalmente a la extrema derecha y ofrecer respuestas creíbles a las inquietudes que la alimentan.