En el momento exacto en que las autoridades españolas llegaron a ejecutar su detención, Alejandro Betancourt ya no estaba en el castillo que habitaba. Su ausencia sincronizada con la operación policial no parece fruto del azar, sino de un conocimiento previo que no debería haber tenido. La historia que emerge no es solo la de un fugitivo, sino la de un sistema con grietas por las que se escapa tanto un hombre como la confianza en las instituciones.