Cada año, las Fiestas Patrias convocan a la ciudad a celebrarse a sí misma, y con esa alegría colectiva llega también el riesgo que acompaña a las multitudes en movimiento. La Ciudad de México ha respondido con un operativo de alcoholímetros continuo —diez días, veinticuatro horas, trescientos policías— que no busca únicamente sancionar, sino recordarle a cada conductor que la responsabilidad individual es parte inseparable de la fiesta común. Es un gesto institucional que reconoce que la seguridad pública no descansa cuando la ciudad tampoco lo hace.