Alberto Conejero: «Los Javis son España y orgullo nacional como Rafa Nadal»

La cultura que escuece es tan española como cualquier trofeo
Conejero rechaza que la marca España sea solo deporte, cuando existen dramaturgos y cineastas que regeneran el mundo.
Mark

¿Por qué insistes tanto en que la homosexualidad de Lorca importa? ¿No es suficiente con que sea un poeta universal?

Mimi

Porque uno de sus asesinos se jactaba de haberle pegado dos tiros en el culo por ser maricón. Negar eso es negar la verdad de su muerte.

Luke

Pero ¿cómo sabemos que eso es lo que dijo el asesino? ¿De dónde viene esa cita?

Mark

Entonces, ¿la orientación sexual de Lorca es inseparable de su obra?

Mimi

No es inseparable. Es que la historia oficial española ha preferido ocultarla. Y eso es una forma de violencia.

Luke

¿Violencia contra quién? ¿Contra Lorca, que ya está muerto? ¿O contra los lectores que no saben la verdad?

Mark

¿Y tú, Conejero, cómo llegaste a escribir sobre Lorca y Rapún?

Mimi

Porque mi abuelo nunca pudo escribir su nombre. Porque entiendo lo que significa no tener lenguaje. Lorca y Rapún se amaban en un idioma que el castellano no tenía palabras para nombrar.

Luke

¿Pero eso es verdad? ¿El castellano realmente carece de palabras para el amor entre hombres?

Mark

¿Y La bola negra? ¿Qué es lo que Los Javis y tú quisisteis contar?

Mimi

Una historia sobre la memoria, sobre la gloria, sobre lo que la cultura puede hacer cuando escuece, cuando pincha y sangra.

Luke

¿Y crees que llegará a los Oscar como promete?

Mimi

No sé. Pero sé que importa que se cuente.

  • La derecha política española reclama a Lorca como patrimonio universal, pero Conejero advierte que borrar su homosexualidad es borrar la razón por la que fue asesinado.
  • El lenguaje mismo se convierte en campo de batalla: el castellano carece de palabras precisas para nombrar ciertas formas de amor, y esa carencia, dice el dramaturgo, es una forma de violencia.
  • Conejero arrastra en su obra el peso de un abuelo que nunca pudo escribir su propio nombre, convirtiendo la injusticia familiar en motor de una escritura que pugna por hacer visible lo invisible.
  • Madrid, la ciudad que ama, está siendo entregada a fondos buitres mientras la cultura que 'escuece y sangra' sigue siendo ignorada por quienes gobiernan sin pisar un teatro.
  • 'La bola negra', tras recorrer San Sebastián, Toronto y Cannes, llega esta semana a los cines españoles posicionando la dramaturgia queer como una voz española tan legítima como cualquier trofeo deportivo.

En un momento en que la cultura española debate quién tiene derecho a reclamar sus propios símbolos, el dramaturgo Alberto Conejero ofrece una respuesta construida con precisión de poeta: las palabras importan, la identidad importa, y silenciar la homosexualidad de Lorca es silenciar la violencia que lo mató. Hijo de la educación pública y de una familia migrante que llegó a las barracas del sur de Madrid, Conejero ha convertido la ausencia de lenguaje en materia prima de su obra, recordándonos que nombrar lo invisible es también un acto de justicia. Su coguión de 'La bola negra' con Los Javis llega a los cines esta semana como prueba de que la dramaturgia queer española no solo existe, sino que aspira a los Oscar.

Alberto Conejero conversa como quien construye muros: con precisión y con la intención de que duren. Dramaturgo, poeta, director de escena y doctor en Ciencias de las Religiones, es uno de los escritores españoles más reconocidos de su generación. Su obra reciente incluye piezas sobre el duelo materno y sobre la surrealista Leonora Carrington. Ahora llega a los cines 'La bola negra', coguionizada con Los Javis a partir de su propia pieza teatral, tras pasar por festivales en San Sebastián, Toronto y Cannes con aspiraciones de llegar a los Oscar.

El fantasma de Lorca recorre la conversación. Cuando la derecha política afirma que el poeta pertenece a todos, Conejero no lo niega, pero precisa: en una de sus últimas entrevistas, Lorca dijo hablar 'en socialista puro'. Y su homosexualidad no es un dato anecdótico: uno de sus asesinos se jactó de haberle disparado por ser homosexual. Negar esa realidad es negar la violencia que lo mató. Conejero ha dedicado dramaturgia a explorar el amor entre Lorca y Rafael Rodríguez Rapún, y recita de memoria los Sonetos del amor oscuro: 'tengo miedo de perder la maravilla de tus ojos de estatua'. El castellano, insiste, carece de palabras para nombrar ciertas formas de amor. Esa ausencia es también una forma de violencia.

Conejero fue un niño disléxico, con ojo vago, nacido en una familia migrante y trasplantado con cierta violencia al sur de Madrid. Su abuelo nunca pudo escribir su propio nombre. Esa injusticia poética estructura su obra entera: la conciencia de lo que significa ser invisible, de lo que cuesta encontrar lenguaje para nombrarse. Cuando habla de Madrid, lo hace con amor y con rabia: desearía que la ciudad perteneciera a sus ciudadanos y no a fondos buitres. Rechaza que la marca España sea solo Rafa Nadal cuando Almodóvar existe, cuando Los Javis existen, cuando él existe.

Plácido y generoso, Conejero no cree que hayamos venido al mundo solo para ser fuerza de producción y consumo. Si pudiera hablar con el Papa, no le preguntaría nada, pero le rogaría que se acordase más de los vulnerables. 'La bola negra' llega esta semana a los cines llevando consigo esa convicción: que la cultura que pincha y sangra es tan española como cualquier trofeo, y que la memoria de los invisibles merece gloria.

Alberto Conejero se sienta a conversar como quien se prepara para un viaje. Dramaturgo, poeta, director de escena y doctor en Ciencias de las Religiones, es uno de esos escritores que construye frases como quien levanta muros: con precisión, con peso, con la intención de que duren. Ganador del Premio Nacional de Literatura Dramática y del Premio MAX, Conejero escribe sobre lo que ama, y solo sobre lo que ama. Su obra reciente incluye Tres noches en Ítaca, que explora el duelo de una madre, y Leonora, dedicada a la surrealista Leonora Carrington. Ahora, ha coguionizado con Los Javis La bola negra, una película inspirada en su propia pieza teatral que acaba de recorrer festivales internacionales en San Sebastián, Toronto y Cannes, y que se estrena esta semana con aspiraciones de llegar a los Oscar.

La conversación gira inevitablemente hacia Federico García Lorca, cuya obra Conejero ha adaptado y cuya vida lo obsesiona. Cuando se le pregunta si Lorca, como afirma la derecha política española, pertenece a todos, Conejero responde que sí, pero matiza: en una de sus últimas entrevistas antes de ser asesinado, Lorca dijo estar hablando "en socialista puro". La precisión importa. Las palabras importan. Y la orientación sexual de Lorca importa profundamente, no como dato anecdótico sino como verdad histórica que explica su muerte. Uno de sus asesinos se jactaba de haberle disparado dos tiros en el culo por ser homosexual. Negar esa realidad es negar la violencia que lo mató.

Conejero ha dedicado dramaturgia a explorar la relación entre Lorca y Rafael Rodríguez Rapún, su último gran compañero y amor. Los Sonetos del amor oscuro, que Lorca le dedicó a Rapún, contienen versos que Conejero recita durante la conversación: "tengo miedo de perder la maravilla de tus ojos de estatua". Es el amor maduro, el amor sombrío, el amor que la historia oficial española ha preferido ocultar o minimizar. Conejero insiste en que el castellano carece de palabras precisas para nombrar cómo nos queremos unos a otros, cómo amamos. Esa ausencia de lenguaje es una forma de violencia.

El dramaturgo es hijo de la educación pública madrileña. Fue un niño disléxico, con ojo vago, nacido en una familia migrante, trasplantado con cierta violencia al sur de Madrid, a un lugar de barracas. No es un detalle menor. Es la raíz de su comprensión de lo que significa no tener lenguaje, de lo que significa ser invisible. Su abuelo nunca pudo escribir su propio nombre. Conejero piensa constantemente en esa injusticia poética, en que su abuelo no pudo presenciar su reconocimiento como escritor y literato. Esa ausencia estructura su obra.

Cuando habla de España, Conejero es claro: ama Madrid, y porque la ama mucho y porque es moderno, desearía que la ciudad perteneciera a sus ciudadanos y no a fondos buitres. Rechaza la idea de que la marca España sea solo Rafa Nadal, cuando Almodóvar existe, cuando Los Javis existen, cuando él existe. La cultura que escuece, la dramaturgia que pincha y sangra, es tan española como cualquier trofeo deportivo. Más aún: es la cultura la que regenera la piel, el carácter y el mundo. Algunos políticos van al teatro. Otros no. Esa diferencia también importa.

Conejero no se dedica a atender aquello que no ama. Es un genio humanista y generoso, plácido, compasivo. En su discurso caben todos los hombres, todas las mujeres, todos los niños que fuimos. Cuando se le pregunta si habla con Dios y si Dios contesta, sonríe con un poco de amargura. Lo que sí cree es que no hemos venido a este mundo solo para ser fuerza de producción y de consumo. Tiene que haber algo más. Si pudiera hablar con el Papa, no le preguntaría nada, pero le rogaría que se acordase más de los vulnerables, que estuviera más en este mundo. La bola negra llega a los cines esta semana, llevando consigo la dramaturgia de Conejero, la visión de Los Javis, y la promesa de gloria y memoria.

Uno de sus asesinos se jactaba de haberle pegado dos tiros en el culo por maricón
— Alberto Conejero, sobre la muerte de Federico García Lorca
No hemos venido a este mundo solo para ser fuerza de producción y de consumo
— Alberto Conejero
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