En California, Aisha Wahab cruzó un umbral que ningún miembro de su comunidad había atravesado antes: convertirse en la primera persona de origen afgano en ocupar un escaño en el Congreso federal de los Estados Unidos. Su victoria en una elección especial, lograda con el 53% de los votos frente a una oposición financiada con millones de dólares por grupos de presión, no es solo un dato electoral, sino un recordatorio de que la representación política es también una forma de pertenencia. La historia, sin embargo, aún no ha escrito su capítulo final: en noviembre, la misma batalla deberá librars