Veinticinco años después de que Estados Unidos lanzara la Operación Libertad Duradera, el 7 de octubre de 2001, Afganistán no conmemora una victoria sino una pregunta sin respuesta. Lo que comenzó con la claridad de un propósito declarado —derrotar a los talibanes, desmantelar al-Qaeda— terminó en 2021 con el colapso abrupto de todo lo construido y el retorno de quienes fueron derrocados. Esta fecha es menos un aniversario que un espejo: refleja los límites del poder militar cuando se ejerce sin una visión sostenible de lo que viene después.
Afganistán: 25 años de guerra que comenzó con victoria y terminó en humillación
La primera guerra del siglo XXI terminó exactamente donde comenzó
¿Cómo es posible que después de veinticinco años y billones de dólares, los talibanes simplemente volvieran al poder como si nada hubiera pasado?
Porque la intervención nunca tuvo una estrategia clara de salida. Estados Unidos entró con objetivos militares claros pero sin un plan político real para lo que vendría después. Entrenar un ejército afgano no es suficiente si no hay una estructura política que lo respalde.
Pero necesitamos ser precisos aquí. ¿Cuántos soldados estadounidenses murieron exactamente? ¿Cuántos civiles afganos? El material que tenemos habla de "miles" y "cientos de miles", pero esos números importan. ¿Tenemos cifras verificadas?
Es verdad que las cifras exactas de civiles muertos son difíciles de precisar. Diferentes organizaciones dan números diferentes. Pero el punto es que fue masivo, fue devastador, y nadie ha sido responsabilizado por ello.
Human Rights Watch denuncia la falta de justicia. ¿Eso significa que no hay tribunales, que no hay investigaciones?
Exactamente. No hay mecanismos de justicia transicional. No hay comisiones de verdad. Los afganos que sufrieron durante la guerra no tienen un lugar donde presentar sus quejas o buscar reparación.
¿Y qué pasó con los afganos que trabajaron con Estados Unidos? ¿Fueron evacuados todos?
Muchos fueron evacuados, pero no todos. Algunos quedaron atrás, y ahora viven bajo un régimen que probablemente los ve como colaboradores. Es una tragedia adicional.
Entonces, ¿cuál es el legado de esta guerra? ¿Qué aprendió Estados Unidos?
Esa es la pregunta que todos se hacen. El legado es ambiguo en el mejor de los casos. Afganistán está peor que antes. Estados Unidos está más endeudado. Y el mundo es más inestable.
Pero hay que decir que el material que tenemos aquí es principalmente titulares y resúmenes. No tenemos reportajes profundos con números específicos, con historias de personas reales. Sabemos que algo salió mal, pero los detalles concretos de cómo y por qué siguen siendo vagos.
Il Polso
- El 7 de octubre marca un cuarto de siglo desde el inicio de la primera gran guerra del siglo XXI, pero la conmemoración llega sin nada que celebrar.
- En 2021, los talibanes recuperaron Kabul en cuestión de días, derrumbando dos décadas de presencia militar y miles de millones de dólares invertidos en un gobierno que se evaporó.
- Organizaciones como Human Rights Watch denuncian que no ha habido tribunales, investigaciones ni justicia para las víctimas afganas, dejando un vacío de rendición de cuentas que se extiende hasta hoy.
- El costo humano y económico es devastador: miles de soldados estadounidenses muertos, cientos de miles de civiles afganos fallecidos, y billones de dólares que nunca reconstruyeron el país prometido.
- Estados Unidos sigue sin poder responder la pregunta central: qué se logró, y qué significa para sus futuras intervenciones militares en el mundo.
Veinticinco años después de que Estados Unidos lanzara la Operación Libertad Duradera, el 7 de octubre de 2001, Afganistán no conmemora una victoria sino una pregunta sin respuesta. Lo que comenzó con la claridad de un propósito declarado —derrotar a los talibanes, desmantelar al-Qaeda— terminó en 2021 con el colapso abrupto de todo lo construido y el retorno de quienes fueron derrocados. Esta fecha es menos un aniversario que un espejo: refleja los límites del poder militar cuando se ejerce sin una visión sostenible de lo que viene después.
El 7 de octubre de 2001, Estados Unidos lanzó la Operación Libertad Duradera con una claridad que parecía casi limpia: derrocar a los talibanes, desmantelar al-Qaeda, restaurar el orden. Los primeros meses parecían confirmar que era posible. Las fuerzas estadounidenses avanzaron rápidamente, el régimen talibán cayó, y la intervención parecía funcionar.
Veinticinco años después, el balance es otro. En 2021, tras dos décadas de presencia militar, los talibanes retomaron el poder de forma abrupta y casi humillante. Las fuerzas afganas entrenadas por Washington colapsaron. El gobierno respaldado por Estados Unidos se desmoronó en días. Quienes habían sido derrocados volvieron a gobernar, y lo que quedó fue silencio.
Desde entonces, el régimen talibán se ha consolidado. Organizaciones de derechos humanos documentan la ausencia total de justicia: no hubo tribunales por crímenes de guerra, no hubo investigaciones serias. Las víctimas afganas, los desplazados, los que perdieron a sus familias, siguen esperando algo que probablemente nunca llegará. Los afganos que colaboraron con Estados Unidos fueron abandonados; muchos huyeron, otros quedaron atrás.
El costo ha sido inmenso en todos los sentidos. Miles de soldados estadounidenses murieron; decenas de miles resultaron heridos. Los civiles afganos fallecidos se cuentan en cientos de miles. Y el gasto en billones de dólares financió una guerra que terminó exactamente donde comenzó, sin haber reconstruido el país que prometía salvar.
Esta conmemoración no es una celebración. Es una confrontación con lo que sucedió y con lo que no se logró. Afganistán se convirtió en el símbolo más claro de las llamadas guerras eternas: conflictos que se extienden más allá de toda previsión, drenan recursos y vidas, y nunca terminan realmente. Fue la primera guerra del siglo XXI, y terminó siendo una lección sobre los límites del poder militar y los peligros de intervenir sin una estrategia clara para salir.
Hace veinticinco años, el 7 de octubre de 2001, Estados Unidos lanzó la Operación Libertad Duradera en Afganistán. Era la primera gran guerra del siglo XXI, y comenzó con una claridad que parecía casi limpia: derrotar a los talibanes, desmantelar al-Qaeda, restaurar el orden. Los primeros meses trajeron victorias militares que parecían confirmarlo. Las fuerzas estadounidenses y sus aliados avanzaron rápidamente. El régimen talibán fue derrocado. Parecía posible que la intervención pudiera funcionar.
Pero veinticinco años después, la guerra ha terminado de una manera que nadie en 2001 habría imaginado. En 2021, tras dos décadas de presencia militar estadounidense, los talibanes retomaron el poder. No fue una derrota lenta o ambigua. Fue una caída abrupta, casi humillante. Las fuerzas afganas entrenadas y equipadas por Washington colapsaron. El gobierno respaldado por Estados Unidos se desmoronó. Los talibanes, que habían sido derrocados, volvieron a gobernar.
En los cinco años desde entonces, el régimen talibán se ha consolidado. Afganistán vive bajo su control nuevamente, con todas las consecuencias que eso implica. Organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch han documentado la ausencia de justicia y rendición de cuentas. No ha habido tribunales por los crímenes de guerra, no ha habido investigaciones serias sobre lo que sucedió durante esas dos décadas. Las víctimas afganas, los desplazados, los que perdieron a sus seres queridos, siguen esperando algo que probablemente nunca llegará.
El costo humano ha sido inmenso. Miles de soldados estadounidenses murieron. Decenas de miles resultaron heridos. La cifra de civiles afganos muertos durante el conflicto es difícil de precisar, pero se cuenta en cientos de miles. Familias enteras fueron desplazadas. Comunidades fueron destruidas. El país que Estados Unidos entró a reconstruir quedó más devastado que antes.
El costo económico también ha sido brutal. Estados Unidos gastó billones de dólares en la guerra afgana. Ese dinero podría haber reconstruido infraestructura en casa, financiado educación, invertido en salud. En su lugar, fue a financiar una guerra que terminó exactamente donde comenzó: con los talibanes en el poder. Algunos analistas argumentan que la intervención en Afganistán debilitó la economía estadounidense de formas que aún no se comprenden completamente.
Lo que queda ahora es una pregunta que Estados Unidos sigue sin poder responder: ¿para qué fue? ¿Qué se logró con veinticinco años de guerra, miles de vidas perdidas, billones de dólares gastados? El país está nuevamente bajo control talibán. No hay justicia. No hay rendición de cuentas. Los afganos que colaboraron con Estados Unidos fueron abandonados. Muchos huyeron; otros quedaron atrás, esperando represalias que probablemente llegaron.
Esta conmemoración de veinticinco años no es una celebración. Es un momento de reckoning, de confrontación con lo que sucedió y lo que no se logró. Estados Unidos sigue atrapado en lo que algunos llaman guerras eternas: conflictos que se extienden más allá de lo que cualquiera esperaba, que drenan recursos, que cuestan vidas, que nunca parecen terminar realmente. Afganistán es el ejemplo más claro de eso. Fue la primera guerra del siglo XXI, y terminó siendo una lección sobre los límites del poder militar y los peligros de la intervención prolongada sin una estrategia clara para la salida.
Citazioni salienti
Afganistán, la primera guerra del siglo XXI, empezó con victoria y acabó en humillación— Análisis de múltiples fuentes de noticias
Estados Unidos sigue viviendo guerras eternas, perdiendo vidas y quebrando su economía— Comentario editorial sobre las consecuencias prolongadas de la intervención