En el corazón de los Alpes, donde el alemán y el italiano se disputan la identidad de una misma tierra, el partido AfD ha elegido un bando que no es el de sus aliados. Al respaldar públicamente el secesionismo del Tirol del Sur, la formación alemana ha recordado una verdad incómoda del nacionalismo: que cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias, termina chocando con el nacionalismo del vecino. Lo que parecía una familia política unida por el rechazo común a Europa y a la inmigración muestra ahora que los intereses nacionales, tarde o temprano, se imponen sobre la solidaridad ideológica.