En una nación que construyó su identidad de posguerra sobre el rechazo explícito a la extrema derecha, el partido AfD ha obtenido una victoria electoral regional que rompe décadas de consenso político. El resultado no es solo un dato electoral: es el reflejo de ansiedades profundas sobre inmigración, economía e identidad que los partidos tradicionales no han logrado contener. Alemania se encuentra ahora ante una pregunta que Europa entera observa: ¿puede una democracia integrar a quienes cuestionan sus fundamentos sin ceder lo que la define?