En el corazón de la democracia alemana, una palabra —«remigración»— se ha convertido en campo de batalla jurídico y moral. El partido ultraderechista AfD ha demandado al canciller Friedrich Merz por comparar públicamente su política migratoria con la limpieza étnica, exigiendo que los tribunales tracen la línea entre la crítica política legítima y la difamación penal. Lo que está en juego no es solo el honor de un partido, sino la pregunta más profunda sobre hasta dónde puede llegar el lenguaje en la democracia sin convertirse en arma.