A mediados de 2026, Venezuela y Estados Unidos sellaron un acuerdo petrolero que, como tantos pactos entre naciones con historias complejas, llegó cargado tanto de esperanza como de sombra. El convenio prometía reabrir mercados, atraer inversión y aliviar una crisis económica prolongada, pero sus contornos imprecisos y la presencia de intermediarios controvertidos como el empresario Alejandro Betancourt recordaron que los grandes acuerdos rara vez pertenecen solo a quienes los firman. En el fondo, el pacto se convirtió en espejo de las fracturas venezolanas: un país donde cada promesa de cambi