En agosto de 2026, Lima fue azotada por lluvias sin precedentes cuando la DANA Aníbal encontró en las aguas anómalamente cálidas del Pacífico el combustible que necesitaba para desatar su fuerza máxima. El especialista Abraham Levy reveló que no se trató de un capricho del clima, sino de una colisión predecible entre un océano recalentado y una ciudad construida sobre desierto, sin memoria ni infraestructura para la lluvia. Lo que quedó expuesto no fue solo el asfalto inundado, sino décadas de una suposición silenciosa: que el agua nunca llegaría con tanta intensidad.
Abraham Levy vincula DANA con El Niño: aguas cálidas intensificaron lluvias récord en Lima
El agua caliente le provee mucho más combustible a lo que produce
¿Por qué el agua caliente del océano hace que llueva más? Parece contraintuitivo.
No es que el agua caliente cause lluvia directamente. Lo que hace es proporcionar combustible. Cuando el agua está siete grados más cálida de lo normal, evapora mucha más humedad. Esa humedad es lo que la DANA levanta y convierte en precipitación.
Entonces Lima recibió lluvia récord no solo por el sistema atmosférico, sino porque el océano estaba anormalmente caliente.
Exactamente. Sin esas aguas cálidas, la DANA habría sido una tormenta. Con ellas, se convirtió en un evento de magnitud histórica. Nueve milímetros en una estación meteorológica es extraordinario para una ciudad desértica.
¿Y por qué Lima no estaba preparada? Parece que debería haber sistemas de drenaje para esto.
Porque Lima está construida sobre desierto. Durante siglos, la lluvia extrema fue tan rara que nadie diseñó infraestructura para ello. El alcantarillado funciona bien para lo normal. Pero cuando llega lo extraordinario, simplemente no tiene capacidad.
¿Esto volverá a pasar?
El Niño Costero continuará siendo severo en los próximos meses. La costa enfrenta mayor riesgo de lluvias fuertes y huaicos. No es una pregunta de si, sino de cuándo.
Le Pouls
- Aguas del Pacífico hasta 7°C más cálidas de lo normal convirtieron la DANA Aníbal en un sistema de destrucción histórica, con registros de hasta 9 milímetros en estaciones de Lima.
- Las avenidas se transformaron en ríos y el agua entró en las viviendas, exponiendo que el alcantarillado de Lima fue diseñado para una capital desértica, no para tormentas de esta magnitud.
- El sistema comenzaría a desplazarse hacia el sur alrededor del 19 de agosto, ofreciendo un alivio temporal, pero sin resolver la amenaza climática de fondo.
- El Niño Costero, catalogado como extraordinario, mantiene al litoral peruano en riesgo de nuevas lluvias fuertes y huaicos durante los próximos meses, mientras sierra y Amazonía enfrentan sequía.
En agosto de 2026, Lima fue azotada por lluvias sin precedentes cuando la DANA Aníbal encontró en las aguas anómalamente cálidas del Pacífico el combustible que necesitaba para desatar su fuerza máxima. El especialista Abraham Levy reveló que no se trató de un capricho del clima, sino de una colisión predecible entre un océano recalentado y una ciudad construida sobre desierto, sin memoria ni infraestructura para la lluvia. Lo que quedó expuesto no fue solo el asfalto inundado, sino décadas de una suposición silenciosa: que el agua nunca llegaría con tanta intensidad.
Cuando Abraham Levy explicó lo que había ocurrido en Lima durante agosto, señaló algo que muchos pasaron por alto: el océano no solo estaba presente en la tormenta, sino que la estaba alimentando. Las aguas del Pacífico, anómalamente cálidas en zonas como Pisco —hasta siete grados por encima de lo normal— actuaron como combustible para la DANA Aníbal, un sistema de baja presión que se desarrolla entre los cinco mil y doce mil metros de altitud y que había nacido sobre el océano al norte de Chile.
El mecanismo era preciso: esas temperaturas anómalas generaban una evaporación extraordinaria que cargaba de humedad el aire. Cuando los vientos de la DANA levantaban esa masa húmeda, la convertían en precipitaciones copiosas. Las estaciones meteorológicas registraron picos de nueve milímetros en lugares como Villa María del Triunfo, valores que Levy consideró entre los más altos jamás documentados en la historia de Lima.
Pero las lluvias fueron solo la mitad visible del problema. La otra mitad estaba bajo tierra: Lima fue construida sobre desierto y nunca fue diseñada para absorber caudales de esa magnitud. El agua se acumuló en las avenidas, entró en las viviendas y expuso una vulnerabilidad estructural que había permanecido latente durante décadas. No era solo geografía; era la colisión entre un evento climático extraordinario y una ciudad que nunca se preparó para recibirlo.
Hacia el 19 de agosto, la DANA comenzaría a desplazarse hacia el sur, pero Levy advirtió que la amenaza no terminaba ahí. El Niño Costero, catalogado como extraordinario por el Estudio Nacional del Fenómeno del Niño, mantendría al litoral en riesgo de lluvias fuertes y huaicos durante los próximos meses, mientras la sierra y la Amazonía enfrentarían el panorama inverso: déficit de precipitaciones donde debería haber agua. Lo que quedó claro es que estos no son eventos impredecibles, sino sistemas con lógica y causas identificables —y que la ciudad pagó el precio de haber ignorado esa lógica durante demasiado tiempo.
Cuando el especialista Abraham Levy explicó los mecanismos detrás de las lluvias que azotaron Lima en agosto, señaló algo que muchos no habían considerado: el océano no solo estaba presente en la tormenta, sino que la estaba alimentando. Las aguas del Pacífico, anómalamente cálidas en zonas como Pisco donde superaban los siete grados por encima de lo normal, actuaron como combustible masivo para un sistema atmosférico que ya de por sí era potente.
La DANA Aníbal, ese sistema de baja presión que se desarrolla en las alturas entre los cinco mil y doce mil metros de altitud, había nacido sobre el océano al norte de Chile. Pero fue el encuentro con aguas calientes lo que transformó su capacidad destructiva. Levy explicó el proceso con precisión: esas temperaturas anómalas generaban una evaporación extraordinaria, proporcionando al sistema una cantidad masiva de aire húmedo. Cuando los vientos propios de la DANA levantaban ese aire cargado de humedad, lo convertían en precipitaciones copiosas. Las estaciones meteorológicas registraron lo que Levy consideró entre los valores más altos jamás documentados en la historia de Lima, con picos de nueve milímetros en lugares como Villa María del Triunfo.
Pero las lluvias fueron solo la mitad visible del problema. La otra mitad estaba bajo tierra, en la infraestructura de una ciudad construida sobre desierto. Lima nunca fue diseñada para absorber caudales pluviales de esa magnitud. El sistema de alcantarillado y las redes de desagüe, concebidos para una capital donde los eventos extremos de lluvia son raros, simplemente no tenían capacidad. El agua se acumuló en las avenidas, entró en las viviendas, expuso una vulnerabilidad estructural que había permanecido latente durante décadas. No era solo geografía; era la colisión entre un evento climático extraordinario y una ciudad que nunca se preparó para recibirlo.
Los efectos directos de la DANA Aníbal comenzarían a disminuir hacia el diecinueve de agosto conforme el sistema se desplazaba hacia el sur. Pero Levy advirtió que esto no significaba el fin de la amenaza climática. El país continuaba bajo la influencia de El Niño Costero, un fenómeno que los informes del Estudio Nacional del Fenómeno del Niño catalogaban como extraordinario para los meses venideros. En la costa, esto significaba mayor propensión a lluvias fuertes y huaicos. En la sierra y la Amazonía, el panorama era inverso: déficit de precipitaciones, sequía donde debería haber agua.
Lo que Levy dejó claro en su análisis fue que estos no eran eventos aislados o impredecibles. Eran sistemas con lógica, con causas identificables, con patrones que podían ser entendidos. El calentamiento anómalo del océano no era un detalle meteorológico menor; era el factor que transformaba un sistema atmosférico en una amenaza de magnitud histórica. Y la ciudad, construida sin considerar que algún día el desierto podría recibir lluvia de esa intensidad, pagaba el precio de esa suposición.
Citations marquantes
El que se forme un mar caliente le provee mucho más combustible a lo que va a producir, que son precipitaciones— Abraham Levy, especialista