El nuevo gobierno propone correctivos económicos y de seguridad sin reformas estructurales, incluyendo congelamiento de gasto y ofensiva militar contra grupos armados. La ceremonia de posesión en un cuartel e invocación de símbolos religiosos revelan una estrategia de legitimidad basada en autoridad divina y militar.
Abelardo combina gobernanza convencional con ideología religiosa y contrarrevolución cultural
La cruz y la espada como símbolos del poder que viene
¿Por qué importa que la ceremonia de posesión haya sido en un cuartel y no en un lugar convencional?
Porque los símbolos no son decoración. Un cuartel es un lugar de autoridad militar, de jerarquía, de orden impuesto. Colocar la toma de posesión allí, en lugar de en el Congreso o en un espacio civil, es una declaración sobre dónde reside el poder y cómo se ejerce.
Pero invitó a un rabino, un pastor evangélico y un sacerdote. ¿No es eso ecuménico, inclusivo?
Lo que parece ecuménico es en realidad una puesta en escena. El ecumenismo real sería reconocer que hay ciudadanos de todas las creencias y ninguna. Lo que hizo fue trasladar símbolos religiosos al ejercicio del poder político, precisamente dos ámbitos cuya separación fue una de las grandes innovaciones de la modernidad.
¿Qué significa que proponga «correctivos» en lugar de reformas?
Significa que no está intentando transformar las estructuras. Está reaccionando contra lo que heredó. Congela el gasto, elimina impuestos al patrimonio, lanza una ofensiva militar. Son medidas defensivas, no constructivas. Y cuando congelás el gasto social, quiénes sufren son los más pobres.
¿Es posible que simplemente sea conservador, sin que eso sea un problema?
Ser conservador no es el problema. El problema es que está presentando su visión como una contrarrevolución cultural programática. No solo rechaza el movimiento LGTBI o el feminismo—eso es su derecho político. Pero cuando dice que no permitirá «ideologías extrañas» en las escuelas, o cuando su ministra habla de sustituir a Marx por Dios, está intentando revertir avances en diversidad y derechos que la sociedad ya conquistó.
¿Cuál es el riesgo real si esto continúa?
Si el gobierno enfrenta una crisis de gobernabilidad, ese confesionalismo y autoritarismo moderados podrían endurecerse. Los símbolos que vimos en la posesión—la cruz y la espada—no son accidentales. Anticipan una orientación política que va más allá de la administración convencional.
El Pulso
- Congelamiento de gasto público sin reformas estructurales
- Eliminación del impuesto al patrimonio: más de un billón de pesos en recaudo
- Ceremonia de posesión en un cuartel con símbolos religiosos
- Rechazo programático a derechos LGTBI, feminismo y educación secular
El nuevo gobierno propone correctivos económicos y de seguridad sin reformas estructurales, incluyendo congelamiento de gasto y ofensiva militar contra grupos armados. La ceremonia de posesión en un cuartel e invocación de símbolos religiosos revelan una estrategia de legitimidad basada en autoridad divina y militar.
El discurso de posesión presidencial combinó una agenda convencional de gobierno con un trasfondo ideológico que incluye militarismo, confesionalismo religioso y contrarrevolución cultural, desplazando soluciones negociadas y secularismo.
Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia con un discurso que parecía convencional en la superficie. Habló de economía, orden público, salud, energía y educación—el catálogo de promesas que cualquier gobierno presentaría en su toma de posesión. Pero debajo de esa agenda administrativa convencional corría una corriente más profunda: un conjunto de símbolos, imaginarios y posiciones ideológicas que apuntaban en una dirección claramente regresiva.
Esa dirección se reveló en tres ejes superpuestos. Primero, un cierto militarismo en el manejo de la seguridad pública. Segundo, un confesionalismo religioso disfrazado de ecumenismo—en la ceremonia de posesión, celebrada en un cuartel, colocó una imagen de la Virgen de Fátima e invitó a un rabino, un pastor evangélico y un sacerdote católico a bendecir el nuevo gobierno, un acto que trasladaba símbolos del mundo religioso directamente al ejercicio del poder político. Tercero, una contrarrevolución cultural que cuestionaba derechos y minorías. Juntos, estos rasgos sugerían un desplazamiento deliberado de las soluciones negociadas, del secularismo y de la diversidad, como si gobernar consistiera en reaccionar contra la modernidad ilustrada, presentada como una traición a la comunidad y a los valores tradicionales.
En lo económico, el nuevo gobierno anunció correctivos sin reformas estructurales. Propuso congelar el gasto público para reducir el déficit fiscal y la deuda, una medida que, aplicada con rigor, podría traducirse en recortes del gasto social y un aumento de la pobreza que venía disminuyendo. También anunció la eliminación del impuesto al patrimonio, sacrificando más de un billón de pesos en recaudo tributario con la esperanza de que los capitales regresaran a la economía—un efecto que difícilmente sería inmediato. El crecimiento de la producción de petróleo y gas, otra de las metas del gobierno, podría tener un impacto positivo sobre la inversión y los ingresos fiscales, aunque también requeriría tiempo.
En seguridad, la estrategia contemplaba una ofensiva contra guerrillas, disidencias y organizaciones criminales que habían ampliado su control territorial durante los primeros años de la Paz Total, una política que había producido escasos resultados en materia de negociación. El nuevo gobierno proponía recuperación territorial mediante el regreso de la fumigación de cultivos ilícitos, pese a las restricciones de la Corte Constitucional; una relación más estrecha con Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico; y la construcción de megacárceles inspiradas en el modelo de Bukele. En conjunto, estas medidas sustituían la apuesta por la negociación con una estrategia centrada en la ofensiva militar. Sin embargo, esa orientación había comenzado a esbozarse durante el último año del gobierno anterior sin resultados significativos, y no era claro que el nuevo gobierno dispusiera de recursos suficientes para alterar de manera sustancial la correlación de fuerzas.
Para llenar los vacíos de su agenda, De la Espriella—antiguo ateo convertido recientemente al catolicismo—recurría a un repertorio de símbolos e imaginarios religiosos. La ideología proporciona identidad, orientación y legitimidad, y cuando esa legitimidad adopta un lenguaje religioso, la adhesión puede hacerse más intensa. Ese parecía ser el propósito del nuevo presidente con la exhibición pública de su conversión y de sus prácticas de fe.
La contrarrevolución cultural era programática. De la Espriella había manifestado reiteradamente su rechazo al movimiento LGTBI, al feminismo, a los periodistas independientes, a las reivindicaciones étnicas, a los diálogos de paz y a buena parte de la agenda de derechos de las minorías. En materia educativa, afirmó que no permitiría que los niños recibieran «ideologías extrañas». Su nueva ministra de educación anunció su propósito de sustituir a Marx por Dios en la escuela, una formulación que desplazaba el pluralismo, el debate y el conocimiento científico en favor del confesionalismo. Pero la sociedad colombiana había avanzado hacia una mayor diversidad de identidades, una ampliación de derechos y una educación más secular y abierta al conocimiento científico. Revertir ese proceso empobrecería el debate público y debilitaría las libertades conquistadas.
Con su discurso de posesión en un cuartel y su reiterada invocación de la autoridad divina, Abelardo quiso construir los dos referentes simbólicos de su gobierno: las armas y el credo religioso. Su programa contenía una agenda de gobierno relativamente convencional, pero carecía de un proyecto transformador claramente articulado. Ese vacío parecía llenarse con la idea de la «patria milagro», una fórmula retórica donde volvían a encontrarse los símbolos de la cruz y la espada. No se trataba necesariamente de fundamentalismos, sino de un confesionalismo y un autoritarismo moderados que podrían endurecerse si el gobierno enfrentaba una crisis de gobernabilidad. De ahí que el tono y los símbolos de la posesión merecieran atención, pues anticipaban una orientación política que trascendía el contenido administrativo de las medidas anunciadas.
Citas Notables
No permitirá que los niños reciban ideologías extrañas— Abelardo de la Espriella, sobre política educativa
Sustituir a Marx por Dios en la escuela— Nueva ministra de educación