El psiquiatra José Abadi señala que la sociedad contemporánea ha alcanzado cotas inéditas de libertad individual al mismo tiempo que ha erosionado su capacidad de reconocer y acoger al otro. Esta paradoja, alimentada por transformaciones demográficas y culturales profundas —como la caída de la natalidad y el auge del tiempo personal—, dibuja una frontera cada vez más difusa entre la autonomía legítima y el narcisismo. En ese umbral, la presencia de los niños emerge no como una carga, sino como un espejo incómodo y necesario del crecimiento humano.
Abadi: más libertades individuales pero menos solidaridad y reconocimiento del otro
Hay un individualismo que reconoce al otro y otro donde el otro me molesta
¿Cuándo exactamente comenzó a notarse esta brecha entre libertad individual y reconocimiento del otro?
No es un momento puntual. Es un proceso que se acelera con los cambios demográficos: menos nacimientos, más años de vida. La sociedad se reorganiza alrededor de eso, y con ella, nuestras prioridades.
Pero la gente siempre ha querido libertad. ¿Qué es diferente ahora?
La diferencia es que antes la libertad convivía con obligaciones sociales que nadie cuestionaba. Ahora esas obligaciones se sienten como restricciones. La parentalidad no es un deber natural; es una carga que compite con el ocio y el bienestar personal.
¿Entonces los adultos que se molestan con los niños en espacios públicos están siendo honestos sobre algo que antes se ocultaba?
Posiblemente. Pero la honestidad sin reconocimiento del otro es solo narcisismo. El problema es que esa molestia refleja una dificultad real para involucrarse con lo que no es uno mismo.
¿Los niños son el síntoma o la causa?
Son un espejo. Obligan a los adultos a abandonar el control y a estar presentes. Eso incomoda porque muchos hemos aprendido a vivir en cualquier lugar menos en el ahora.
¿Hay salida de esto?
Recuperar la propia infancia. No como nostalgia, sino como acceso a la curiosidad y el juego. Eso podría reequilibrar el individualismo.
Der Puls
- La libertad individual nunca fue tan amplia, pero la disposición a reconocer al otro nunca fue tan escasa, y esa brecha genera una tensión silenciosa en el tejido social.
- El llanto de un niño en un avión ya no es una molestia pasajera: se ha convertido en símbolo de una irritación colectiva ante cualquier demanda que interrumpa el espacio propio.
- La parentalidad retrocede no solo por razones económicas, sino porque exige exactamente lo que la cultura actual más resiste: atención sostenida, renuncia al control y presencia real con otro.
- Abadi advierte que el presentismo puede ser liberador o patológico según si conecta o aísla, y que los niños —con su capacidad de anclar en el aquí y ahora— son agentes involuntarios de esa distinción.
- La reconexión con la propia dimensión infantil —el juego, la curiosidad, la pregunta sin respuesta inmediata— aparece como el puente posible entre el individualismo responsable y el narcisismo que lo acecha.
El psiquiatra José Abadi señala que la sociedad contemporánea ha alcanzado cotas inéditas de libertad individual al mismo tiempo que ha erosionado su capacidad de reconocer y acoger al otro. Esta paradoja, alimentada por transformaciones demográficas y culturales profundas —como la caída de la natalidad y el auge del tiempo personal—, dibuja una frontera cada vez más difusa entre la autonomía legítima y el narcisismo. En ese umbral, la presencia de los niños emerge no como una carga, sino como un espejo incómodo y necesario del crecimiento humano.
José Eduardo Abadi, psiquiatra y psicoanalista de larga trayectoria, identifica una paradoja central en la vida contemporánea: el crecimiento sin precedentes de las libertades individuales ha venido acompañado de una disminución en la capacidad de registrar y reconocer al otro. No se trata de un fenómeno aislado, sino de una transformación cultural entrelazada con cambios demográficos como la caída de la natalidad y el aumento de la longevidad, que han reconfigurado las prioridades colectivas y las formas de relacionarse.
Abadi distingue dos formas de individualismo: una que preserva la autonomía sin perder de vista a los demás, y otra que deriva en narcisismo, donde el otro se convierte en un obstáculo. En la sociedad actual, esa frontera se ha vuelto porosa. Existe una legitimidad creciente para priorizar el descanso y el tiempo personal por encima de cualquier otra consideración, y la presencia de un niño —con sus demandas, su llanto, su ritmo propio— puede vivirse como una invasión del espacio individual.
La parentalidad encarna ese conflicto de manera particular. No es una opción de vida más: exige trabajo, atención sostenida y renuncia al control. Abadi observa que muchas personas se fatigan ante esa exigencia, incluso en su dimensión lúdica, y señala un perfil psicológico emergente que dificulta la integración y el vínculo con los demás.
Sin embargo, los niños también ofrecen algo que los adultos han perdido: la capacidad de habitar el presente. Su irrupción en la vida adulta obliga a abandonar la rumiación sobre el pasado o la ansiedad por el futuro. Ese presentismo tiene un costado saludable, aunque puede volverse sintomático cuando aísla en lugar de conectar. Las preguntas que los niños formulan —y para las que los adultos no siempre tienen respuesta— generan incomodidad, pero Abadi las considera esenciales: son el mecanismo del crecimiento.
Reconectar con la propia dimensión infantil —la curiosidad, el juego, la apertura a lo desconocido— podría ser, según el especialista, el puente entre un individualismo responsable y el narcisismo que lo amenaza en una sociedad que ha ganado libertades pero perdido solidaridad.
José Eduardo Abadi, psiquiatra y psicoanalista con décadas de trayectoria en el análisis de los vínculos humanos, observa una paradoja incómoda en la sociedad contemporánea: nunca hemos tenido más libertad para vivir como queremos, y nunca hemos estado menos dispuestos a reconocer la existencia del otro.
Esta tensión no es accidental. Abadi vincula el fenómeno a transformaciones demográficas profundas: la caída sostenida de la natalidad y el aumento de la longevidad han reconfigurado no solo la estructura de la sociedad, sino también sus prioridades, sus formas de entretenimiento y las expectativas de cada generación. Pero la explicación económica, advierte, no alcanza. Las razones por las que cada vez más personas eligen no tener hijos son multicausales, enraizadas en cambios culturales que tocan la médula de cómo nos relacionamos.
El especialista distingue entre dos formas de individualismo. Una permite el desarrollo de la autonomía personal sin perder de vista a los demás; la otra deriva en narcisismo puro, donde el otro se convierte en un obstáculo para el bienestar propio. "Hay un individualismo que está muchas veces en un borde entre el individualismo responsable que reconoce al otro y el individualismo narcisista donde el otro me molesta", explica. En la sociedad actual, esa frontera se ha vuelto porosa. Existe ahora una legitimidad sin precedentes para priorizar el descanso, el entretenimiento y las actividades personales por encima de cualquier otra consideración. El llanto de un niño en un avión, antes una molestia pasajera, se ha convertido en una fuente de irritación que algunos experimentan como una invasión directa de su espacio individual.
La parentalidad, en este contexto, representa un desafío particular. No es simplemente una opción de vida entre otras. Es trabajo, responsabilidad, exigencia, atención sostenida hacia otro. Requiere dedicación. Abadi observa que muchas personas se cansan ante la dificultad de involucrarse, incluso lúdicamente, con lo que la crianza demanda. Hay un perfil psicológico emergente, sugiere, que dificulta la integración social y grupal, que hace más arduo el vínculo con los demás.
Pero hay otro elemento en juego: los niños obligan a los adultos a abandonar el control y a habitar el presente. Traen a los mayores "muy rápidamente y de sopetón al aquí y ahora", como dice Abadi. Esa capacidad infantil de anclar en el momento actual genera incomodidad en adultos acostumbrados a vivir pendientes del pasado o del futuro. El presentismo, ese enfoque en lo inmediato, tiene un costado saludable: libera de la rumiación crónica. Pero también puede convertirse en sintomático cuando aísla, cuando impide conectar con la propia historia y con los demás.
Los niños también plantean preguntas para las que los adultos no tienen respuestas inmediatas. Esa situación genera incomodidad, pero Abadi la considera esencial. Las preguntas instalan la posibilidad del crecimiento y la maduración. Lo que muchos adultos experimentan como molestia es, en realidad, el mecanismo fundamental del desarrollo humano.
Hay, además, una dificultad creciente para conectarse con la propia dimensión infantil. Recuperar esa faceta permitiría volver al juego, a la curiosidad, a formas de relacionarse que quedan relegadas en la vida adulta. En una sociedad que ha ganado libertades pero perdido solidaridad, esa reconexión podría ser el puente entre el individualismo responsable y el narcisismo que lo amenaza.
Bemerkenswerte Zitate
Hoy hay muchísimas más libertades, pero también hay una disminución de lo que es el registro del otro, la solidaridad, el 'soy porque sos'— José Eduardo Abadi, psiquiatra y psicoanalista
La parentalidad es un trabajo. Es una responsabilidad, es una exigencia, es un estar atento, es un dedicarse al otro— José Eduardo Abadi