En vez de pensar que eres lo peor, sabes qué tienes y quitas la culpabilidad
Durante décadas, la medicina construyó su imagen del TDAH y el autismo mirando casi exclusivamente a hombres y niños, dejando a las mujeres sin un espejo donde reconocerse. Ana Bermejo, investigadora gallega de 36 años, tardó más de un año en obtener un diagnóstico que el sistema le negaba porque su vida —estudios, pareja, logros— contradecía el estereotipo. Su historia no es una excepción, sino el rostro visible de un infradiagnóstico silencioso que convierte la diferencia neurológica en culpa personal.
- Años de depresión, ansiedad y la sensación de ser una persona defectuosa empujaron a Ana a buscar respuestas que el sistema sanitario le negó una y otra vez.
- Los profesionales la rechazaron con un argumento circular: tener carrera, másteres y pareja estable era, para ellos, prueba suficiente de que no podía ser neurodivergente.
- El 'enmascaramiento' —la capacidad aprendida de ocultar el caos interno para cumplir las expectativas sociales— hace que las mujeres con TDAH o TEA parezcan funcionales justo cuando más están sufriendo.
- Fue una asociación civil, Anhida, la que desbloqueó el proceso: su informe reveló además altas capacidades, y con él el Sergas finalmente concedió el diagnóstico oficial.
- El diagnóstico no borró los síntomas, pero transformó su significado: lo que antes era fracaso moral pasó a ser neurodivergencia, y esa diferencia lo cambió todo.
- El caso de Ana señala una deuda pendiente del sistema sanitario: sin formación específica sobre cómo se manifiesta la neurodivergencia en mujeres adultas, habrá más vidas consumidas en la oscuridad.
Ana Bermejo tenía 36 años cuando por fin supo qué había estado pasándole toda la vida. No fue un alivio inmediato, sino el resultado de más de un año de insistencia y puertas cerradas. Hoy, con diagnóstico de TDAH y Trastorno del Espectro Autista, su historia ilumina un problema silencioso: las mujeres adultas con estos trastornos pasan desapercibidas porque sus síntomas se manifiestan de forma distinta a los hombres, y la medicina ha mirado principalmente a los hombres durante décadas.
Cuando Ana acudió a la sanidad pública, los profesionales fueron directos: no daba el perfil. Una carrera universitaria, tres másteres, un doctorado y una pareja estable eran, en su lógica, incompatibles con la neurodivergencia. Sin embargo, sus síntomas eran reales y cotidianos: perder objetos, olvidar compromisos, llegar tarde a todo, quedarse bloqueada. Cosas que cualquiera experimenta ocasionalmente, pero que para ella definían cada día. El resultado era un autoconcepto devastador, construido sobre capas de culpabilidad y vergüenza.
Fue la asociación Anhida, en A Coruña, quien le abrió la puerta. Su informe confirmó las sospechas de Ana y reveló además altas capacidades —algo que frecuentemente coexiste con estos trastornos—. Con ese documento, el Sergas le otorgó el diagnóstico oficial de TDAH; poco después llegó el del TEA. Para Ana, fue como renacer.
Lo que cambió no fue que los síntomas desaparecieran, sino la forma de interpretarlos. Donde antes veía defecto moral, ahora veía neurodivergencia. Eso permitió que la culpabilidad comenzara a ceder. Apoyada por Anhida, una psicóloga especializada en autismo y la orientación laboral de Asperga, Ana está reconstruyendo su relación consigo misma. Su caso, sin embargo, señala una necesidad urgente: mientras el sistema sanitario no reciba formación específica sobre cómo se manifiesta la neurodivergencia en mujeres adultas, habrá más personas viviendo años en la oscuridad, interpretando su propia mente como una enemiga.
Ana Bermejo tenía 36 años cuando finalmente supo qué había estado pasándole toda la vida. No fue un momento de alivio instantáneo, sino el resultado de más de un año de insistencia, de tocar puertas, de enfrentarse a profesionales que le decían que su perfil no encajaba. Hoy, con diagnóstico de TDAH y Trastorno del Espectro Autista, su historia ilumina un problema silencioso en el sistema sanitario: las mujeres adultas con estos trastornos pasan desapercibidas porque sus síntomas se manifiestan de manera distinta a la de los hombres, y la medicina ha estado mirando principalmente a los hombres durante décadas.
Todo comenzó cuando algo sucedió en el trabajo que la obligó a detenerse. Años de depresión, ansiedad generalizada y una sensación persistente de que algo no encajaba finalmente exigieron respuesta. Un amigo le sugirió que podría tener TDAH. Ana se resistió al principio. El concepto que circula sobre este trastorno es el de adolescentes que suspenden y repiten curso, y ella había construido una vida que parecía contradecir eso: una carrera universitaria, tres másteres, un doctorado, una trayectoria como investigadora. Cuando acudió a la sanidad pública, los profesionales fueron directos: no podía ser, le dijeron, porque no daba el perfil. Tener estudios superiores y una pareja estable eran, en su mente, incompatibles con un diagnóstico de neurodivergencia.
Esta barrera inicial refleja un problema más profundo. Las mujeres con TDAH o Trastorno del Espectro Autista a menudo desarrollan lo que se conoce como enmascaramiento: aprenden a ocultar o compensar sus síntomas, a funcionar dentro de las expectativas sociales, a parecer que todo está bajo control cuando internamente están lidiando con caos. Porque para Ana, los síntomas eran reales y cotidianos: perder cosas constantemente, olvidarse de compromisos, programar tres actividades para la misma hora, llegar tarde a todo, extraviar documentos importantes. Cosas que cualquiera podría experimentar ocasionalmente, pero que para ella eran la textura diaria de su existencia. A veces se quedaba bloqueada, incapaz de continuar con sus tareas. Otras se sentía vaga, intensa, una mala amiga por olvidarse de sus contactos, una mala pareja. El resultado era un autoconcepto devastador, construido sobre capas de culpabilidad y vergüenza.
Fue Anhida, la Asociación de niños con déficit de atención con/sin hiperactividad en A Coruña, la que le abrió la puerta. Allí le hicieron un informe que confirmó sus sospechas y reveló algo más: tenía altas capacidades, algo que frecuentemente coexiste con estos trastornos. Ese informe fue la llave que necesitaba para que el Sergas finalmente le otorgara el diagnóstico oficial de TDAH. Poco después llegó el del TEA. Para Ana, fue como renacer.
Lo que cambió no fue que sus síntomas desaparecieran, sino la forma en que los interpretaba. Donde antes veía fracaso personal y defecto moral, ahora veía neurodivergencia, una diferencia en la forma en que su cerebro procesa la información y organiza el mundo. Eso permitió que la culpabilidad, ese peso brutal que acompaña al TDAH, comenzara a ceder. Ya no era una persona defectuosa que no podía mantener su vida en orden; era alguien con un trastorno que requería estrategias específicas, apoyo, comprensión. El diagnóstico le permitió intentarlo de nuevo al día siguiente sin cargar con la vergüenza de los días anteriores.
Ahora, con el apoyo de los profesionales de Anhida, de una psicóloga especializada en autismo y de la orientación laboral que recibe a través de Asperga, la Asociación Galega de Asperger, Ana está reconstruyendo su relación con ella misma. Su caso, sin embargo, apunta a una necesidad urgente: el sistema sanitario necesita formación específica sobre cómo se manifiesta la neurodivergencia en mujeres adultas. Mientras esa formación no llegue, habrá más mujeres viviendo años en la oscuridad, interpretando sus propias mentes como enemigas, sin saber que lo que experimentan tiene nombre y tratamiento.
Notable Quotes
Dicíanme que non podía ser porque non daba o perfil— Ana Bermejo, sobre el rechazo inicial del diagnóstico
Para min foi como renacer de novo— Ana Bermejo, sobre recibir el diagnóstico de TEA
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué crees que los médicos rechazaron el diagnóstico inicialmente? ¿Fue solo ignorancia o algo más profundo?
Fue una mezcla. Ignorancia, sí, pero también una idea muy rígida de qué aspecto tiene el TDAH. Para ellos, el trastorno era sinónimo de fracaso académico, de caos visible. Ana tenía un doctorado. Eso no encajaba en su esquema mental.
Pero ella dice que sus síntomas eran reales todos los días. ¿Cómo es posible que alguien con un doctorado no haya sido diagnosticado antes?
Porque aprendió a enmascarar. Las mujeres lo hacen constantemente: compensan, se adaptan, se fuerzan a funcionar dentro de lo que se espera de ellas. Es agotador, pero invisible. Los hombres tienden a mostrar el caos más abiertamente, y por eso se diagnostican antes.
Entonces el sistema está diseñado para ver a los hombres.
Exactamente. La investigación histórica se ha centrado en hombres. Los criterios diagnósticos reflejan cómo se manifiesta en ellos. Las mujeres quedan fuera del marco.
¿Y qué cambió para Ana? ¿Qué hizo que finalmente alguien la escuchara?
Insistencia. Y un informe de una asociación especializada que documentó sus síntomas y sus altas capacidades. Eso le dio credibilidad ante el sistema público. Pero no debería haber tenido que luchar un año para eso.
¿Crees que el diagnóstico realmente cambió su vida?
Cambió cómo se ve a sí misma. Donde antes había culpabilidad y vergüenza, ahora hay comprensión. Eso es todo lo que necesitaba.