81 años de Hiroshima y Nagasaki: Tolcachier reclama cambio mental para abolir armas nucleares

Más de 200.000 personas murieron en los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, con innumerables víctimas adicionales por envenenamiento radioactivo posterior.
Abrimos una nueva puerta de la historia para la primera civilización noviolenta
Tolcachier plantea la única alternativa viable frente a la espiral autodestructiva del armamentismo nuclear.
Mark

¿Por qué insiste en que el cambio debe ser personal si el problema es claramente político y estructural?

Mimi

Porque los sistemas políticos están hechos de personas. Si cada persona sigue creyendo que la violencia es inevitable, que la seguridad viene de las armas, que los enemigos son enemigos, entonces los gobiernos tendrán permiso para actuar así. Pero si millones de personas comienzan a vivir de otra manera, a pensar diferente, eso crea una presión que los sistemas no pueden ignorar.

Mark

Pero el Tratado de Prohibición ya existe y los países nucleares lo ignoran. ¿No demuestra eso que los tratados no funcionan?

Mimi

El tratado funciona como una brújula moral. Cien países ya lo han firmado. Eso no es nada. Pero es el comienzo de algo. Los países nucleares lo ignoran porque sus élites aún creen que las armas les dan poder. Cuando esa creencia cambie en la población, los gobiernos tendrán que cambiar.

Mark

¿Cómo cambia una creencia que está reforzada por billones de dólares en ganancias corporativas?

Mimi

No cambia fácilmente. Pero mira lo que pasó con el tabaco, con el amianto, con los combustibles fósiles. Tomó décadas. Costó vidas. Pero la conciencia creció, la presión creció, y finalmente las cosas cambiaron. Con las armas nucleares no tenemos décadas. Tenemos años. Quizás menos.

Mark

Entonces ¿cuál es el primer paso?

Mimi

Recordar. Saber lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki. Entender que eso puede volver a pasar, pero peor. Y luego, vivir de manera diferente. Pequeños actos de no violencia, de coherencia, de humanidad. Eso se propaga. No es suficiente, pero es necesario.

  • Más de 200.000 personas murieron en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945
  • Nueve países poseen arsenales nucleares; Estados Unidos y Rusia concentran el 90% de las ojivas
  • El gasto militar mundial alcanzó casi 3 billones de dólares en 2025
  • El Tratado de Prohibición de Armas Nucleares cuenta con 100 países signatarios, pero ninguna potencia nuclear lo ha firmado

Más de 200.000 personas murieron en Hiroshima y Nagasaki en 1945; hoy nueve países poseen arsenales nucleares con capacidad destructiva exponencialmente mayor. El gasto militar mundial alcanzó casi 3 billones de dólares en 2025, equivalente a 2,7 veces el presupuesto combinado de los 48 países más pobres.

En conmemoración del 81° aniversario de los bombardeos atómicos, el escritor humanista Javier Tolcachier aboga por un cambio de mentalidad colectivo para eliminar el armamento nuclear, criticando la carrera armamentista global y el gasto militar desproporcionado.

Hace ochenta y uno años, en los primeros días de agosto de 1945, dos ciudades japonesas desaparecieron bajo nubes de fuego. El 6 de agosto cayó la bomba sobre Hiroshima; tres días después, otra destruyó Nagasaki. Más de doscientos mil personas murieron en el acto o en los días que siguieron, sus cuerpos consumidos por el calor o lentamente envenenados por la radiación que se filtraba en el aire, el agua, la tierra. Fue el fin de la Segunda Guerra Mundial, según la historia que escribieron los vencedores. O fue, según otros historiadores, una demostración de poder estadounidense dirigida al mundo que vendría después: un mensaje grabado en cenizas sobre quién controlaría el planeta en la posguerra.

Lo que vino después fue predecible. La Unión Soviética construyó su propio arsenal. Luego China, Gran Bretaña, Francia, Corea del Norte, India, Pakistán, Israel. Nueve naciones poseedoras de armas capaces de borrar ciudades enteras. Estados Unidos y Rusia acumularon casi el noventa por ciento de todas las ojivas nucleares del mundo, suficientes para destruir la civilización varias veces sobre. La lógica que sostenía todo esto era simple y circular: si tú matas masivamente a mi gente, yo mataré masivamente a la tuya. Se llamaba disuasión. Era, en realidad, un acuerdo tácito de que todos vivíamos al borde del abismo.

En 2025, el mundo gastó casi tres billones de dólares en armamento. Para poner esa cifra en perspectiva: equivale a dos punto siete veces el presupuesto público combinado de los cuarenta y ocho países más pobres del planeta. Treinta y siete horas de gasto militar mundial equivalen al total de la ayuda internacional anual que los países ricos destinan a educación. Las diez mayores corporaciones armamentistas ganaron más de trescientos veintiséis mil millones de dólares solo en 2024, una suma equivalente a lo que costaría eliminar el hambre mundial. Seis de esas diez empresas son estadounidenses. El dinero fluye, las armas se fabrican, los gobiernos las compran, y la máquina sigue girando.

Pero la situación se ha vuelto más peligrosa. Según el Instituto Sueco SIPRI, los estados están recurriendo cada vez más a las armas nucleares como instrumentos de poder nacional, revirtiendo décadas de esfuerzos por reducir su número. En una era de inteligencia artificial descontrolada y corporaciones digitales aliadas con la industria armamentista, el riesgo de un error de cálculo catastrófico crece cada día. Una sola bomba nuclear cayendo sobre Nueva York mataría a más de un millón de personas. Si las tendencias actuales continúan, el gasto militar podría alcanzar entre cuatro punto siete y seis punto seis billones de dólares para 2035: entre un cincuenta y cien por ciento más que ahora.

Hay un tratado. En 2017, las Naciones Unidas aprobaron el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares. Entró en vigencia en 2021 cuando cincuenta países lo ratificaron. Hace poco alcanzó cien signatarios, más de la mitad de los miembros de la ONU. Es un avance real, un gesto de la comunidad internacional hacia la cordura. Pero ninguno de los países que posee armas nucleares lo ha firmado. El tratado existe en un mundo paralelo, hermoso e impotente.

Javier Tolcachier, escritor humanista, se dirigió a una multitud en Córdoba, Argentina, en conmemoración de ese aniversario. Su pregunta fue directa: ¿cómo justificamos esta inmoralidad absoluta ante nosotros mismos? ¿Cómo seguimos creyendo que viviremos más seguros rodeados de más armas? Argumentó que el cambio no vendrá de tratados ni de llamados a los gobiernos. Vendrá, si es que viene, de una transformación personal y colectiva. De aprender a vivir sin violencia, no como un ideal abstracto sino como una práctica cotidiana. De entender que la violencia no es parte de nuestra naturaleza, sino que brota del sufrimiento, y que el sufrimiento puede superarse cuando aprendemos a actuar en coherencia: cuando lo que pensamos, sentimos y hacemos están alineados. Cuando tratamos a otros como queremos ser tratados. Cuando colocamos al ser humano, no a las armas, como el valor central.

Es una propuesta que suena ingenua en un mundo donde los arsenales nucleares siguen creciendo y las corporaciones armamentistas reportan ganancias récord. Pero Tolcachier insistió en que no hay otra salida. O abrimos una nueva puerta en la historia humana, una por la que pase la primera civilización verdaderamente noviolenta, o seguimos caminando hacia el acantilado. La memoria de Hiroshima y Nagasaki no es un monumento al pasado. Es una advertencia que se renueva cada año, cada día, mientras existan armas capaces de repetir esa catástrofe a escala planetaria.

Es necesario un cambio de mentalidad personal y colectivo, una transformación en cada uno de nosotros, para desterrar definitivamente la violencia
— Javier Tolcachier
Los estados recurren cada vez más a las armas nucleares como instrumentos de poder nacional, revirtiendo décadas de esfuerzos por reducir su número
— Instituto Sueco SIPRI
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