50 años de '¿Quién puede matar a un niño?': el auge del terror español en la Transición

Traer el terror a casa, a un pueblo que reconoces como el tuyo
Lo que hizo única a ¿Quién puede matar a un niño? fue situar el horror en paisajes españoles cotidianos, no en castillos góticos lejanos.
Mark

¿Por qué el terror funcionó tan bien como vehículo para expresar lo que no se podía decir directamente?

Mimi

Porque la censura franquista podía prohibir un discurso político explícito, pero no podía prohibir que un hacha cayera sobre una cabeza en una película de horror. El género permitía que los cineastas canalizaran frustración y rabia sin que pareciera que estaban atacando al régimen directamente.

Mark

Pero eso significa que los espectadores tenían que entender la alegoría. ¿Realmente la gente veía eso, o solo iba a ver sangre y sexo?

Mimi

Probablemente ambas cosas. Algunos espectadores iban por el entretenimiento puro. Otros, especialmente después, pudieron ver en esas películas un reflejo de lo que habían vivido. La belleza de una alegoría es que funciona en múltiples niveles.

Mark

¿Qué hace que ¿Quién puede matar a un niño? sea diferente de otras películas de terror de esa época?

Mimi

Que trae el miedo a un lugar que reconoces. No es un castillo gótico en Rumania. Es una playa española, un pueblo costero, el sitio donde pasaste vacaciones. Eso es lo que la hace perturbadora: no puedes escapar a otro mundo, porque el otro mundo es el tuyo.

Mark

Profilmes hizo casi doscientas películas. ¿Todas tenían esa intención política?

Mimi

No necesariamente. Muchas eran simplemente películas de explotación hechas para ganar dinero en el mercado internacional. Pero el contexto histórico estaba ahí de todas formas. Incluso si un cineasta solo quería hacer una película de terror sangrienta, estaba haciendo eso en un momento en el que la represión se estaba desmoronando.

Mark

¿Qué pasó con ese género después de la Transición?

Mimi

Desapareció casi completamente. Una vez que la democracia llegó y la censura se levantó, los cineastas ya no necesitaban usar el horror como código. Podían hablar directamente. El terror español de los setenta fue un fenómeno de un momento muy específico.

  • ¿Quién puede matar a un niño? se estrenó en 1976 y celebra 50 años
  • Casi 200 películas de terror se produjeron entre 1967 y 1976, muchas bajo Profilmes
  • La película superó en taquilla a Tiburón de Spielberg en Italia, pero tuvo acogida desigual en España
  • Rodada en Ciruelos (Toledo), Sitges (Barcelona), Almuñécar (Granada) y Menorca

La película de Ibáñez Serrador (1976) trasladó el terror franquista a escenarios cotidianos españoles, contrastando la imagen turística del país con su violencia real. Entre 1967-1976 se produjeron casi 200 películas de terror, muchas bajo Profilmes, que canalizaban ansias de venganza y liberación tras la represión dictatorial.

El cine de terror español de los años 70 reflejó metafóricamente la transición política tras Franco, con películas como '¿Quién puede matar a un niño?' liberando frustraciones represivas a través de violencia y horror.

En 1976, cuando España aún se tambaleaba entre el final de la dictadura y la incertidumbre de lo que vendría después, Narciso Ibáñez Serrador estrenó una película que parecía simple en apariencia pero que contenía toda la angustia del momento. ¿Quién puede matar a un niño? cuenta la historia de una pareja de turistas que llega a una isla española buscando tranquilidad y encuentra algo incomprensible. Lo notable no es solo lo que sucede en pantalla, sino dónde sucede: bajo el sol implacable de pueblos costeros reconocibles, en playas abarrotadas, en bares con terrazas llenas de familias. El terror no acecha en castillos góticos ni en noches brumosas, sino en el paisaje más español posible, tan familiar que cuando Guillermo González Hernández vio la película con su padre, este exclamó: "¡Ese puede ser mi pueblo!" Rodada en Ciruelos, Sitges, Almuñécar y Menorca, la obra de Ibáñez Serrador —quien nació en Montevideo en 1935 y murió en Madrid en 2019— logró algo que pocos cineastas se atrevieron a intentar: traer el miedo a casa.

La película, que celebra ahora su quincuagésimo aniversario, protagonizada por Lewis Fiander y Prunella Ransome como Tom y Evelyn, una pareja embarazada de vacaciones, fue recibida de manera desigual en España pero en Italia superó en taquilla al Tiburón de Spielberg. Esa diferencia de acogida no es casual. Mientras el público italiano reconocía en la pantalla una alegoría política potente, muchos espectadores españoles quizá aún no estaban listos para ver reflejada la violencia real del país en contraste con la imagen de postal que se vendía en el extranjero. Los analistas posteriores, como Samuel Steinberg, interpretaron la película como un reflejo metafórico de un momento traumático: el miedo a una nueva ola de sangre en 1975, cuando la idea de una transición política pacífica era apenas una posibilidad lejana, fluctuando junto con la esperanza de que la democracia llegara finalmente.

Pero ¿Quién puede matar a un niño? no fue un caso aislado. Fue la culminación de un fenómeno más amplio. Entre el final del tardofranquismo y los primeros años de la Transición, casi doscientas películas de terror brotaron de las pantallas españolas, la mayoría producidas bajo la marca Profilmes, una productora barcelonesa que los críticos llamaban "la Hammer española". Profilmes había comenzado haciendo cine de autor —incluso produjo Cabezas cortadas de Glauber Rocha— pero cuando se quedó sin subvenciones del Banco de Crédito Industrial tras el escándalo Matesa, reorientó su estrategia. Bajo la dirección de José Antonio Pérez Giner, la compañía decidió producir terror para el mercado internacional, con una estrategia ingeniosa: versiones explícitas para el extranjero y versiones más recatadas para la censura franquista nacional.

Esos años fueron de explosión desenfrenada. Vísceras, sangre, sexo crudo en la pantalla grande. Fueron años en los que se dinamitaron las costuras de la represión franquista, liberando sueños y ansias de venganza que habían estado contenidas durante décadas. El actor y director Jacinto Molina, conocido como Paul Naschy —símbolo viviente de esa explosión— confesó años después en la revista Contracampo que cuando pegaba un hachazo a una cabeza en la pantalla, lo que realmente estaba haciendo era romper un sistema que le había provocado una gran frustración inconsciente. Las películas contaron con intérpretes como Carmen Sevilla, Bárbara Rey, Eusebio Poncela, y también con figuras internacionales como Peter Cushing, Christopher Lee, Klaus Kinski y Anita Ekberg. Fueron películas que proyectaban las frustraciones de los cineastas como mecanismo de liberación, creando un cóctel sanguinolento de violencia y sexo que los espectadores celebraban y jaleaban.

Este período puede considerarse el momento culminante del fantaterror, un género inaugurado a principios de los años sesenta por Jess Franco con Gritos en la noche. Agrupaba películas salvajes, a medio camino entre la sonrisa burlona y el horror más abyecto. Ahora, desde la perspectiva del tiempo, es posible hacer una reinterpretación política de estas obras. La noche de Walpurgis de León Klimovsky refleja el peso del pasado autoritario. Una vela para el diablo de Eugenio Martín captura el inmovilismo de la España "eterna". Ceremonia sangrienta de Jorge Grau retrata las élites autoritarias que mantienen sus privilegios exprimiendo al pueblo. El refugio del miedo de José Ulloa encarna la cerrazón franquista. Invariablemente, estas películas colocaban a las mujeres en papeles de víctimas virginales o depredadoras sexuales tenebrosas, reflejando una educación profundamente machista entre los cineastas de la época, quienes sentían miedo hacia la liberación femenina.

El género del terror, como señala la crítica Desirée de Fez, se presta al juego y se atreve a ir más lejos que todos los demás géneros. En la España de la Transición, eso significaba que cineastas que no podían criticar directamente el régimen podían canalizar esa crítica a través de alegorías de horror que la censura permitía. El miedo ficticio se convirtió en una válvula de escape para procesar la ansiedad del mundo real, para liberar lo que la represión había mantenido contenido. Cincuenta años después, cuando se mira atrás a ¿Quién puede matar a un niño? y a las casi doscientas películas de terror que la rodearon, se ve algo más que entretenimiento o explotación. Se ve un momento en el que un país entero, a través de sus cineastas, intentaba procesar el trauma de su propia historia.

Cuando pegabas un hachazo a una cabeza, lo que estabas haciendo era en realidad romper un sistema que te había provocado una gran frustración inconsciente
— Jacinto Molina (Paul Naschy), actor y director
Ibáñez Serrador hace algo muy difícil, y muy diferente, que es traer el terror a casa
— Guillermo González Hernández, autor de estudio sobre la película
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