Un jueves de verano, millones de personas en el noreste y medio oeste de Estados Unidos se encontraron respirando el humo de más de ochocientos incendios forestales que ardían simultáneamente en Canadá. El aire, invisible y omnipresente, se convirtió en un recordatorio de que las fronteras políticas no detienen las consecuencias ecológicas. Diecisiete estados emitieron alertas de calidad del aire, y ciudades tan distantes entre sí como Detroit, Minneapolis y Nueva York compartieron, por un momento, el mismo cielo envenenado.
17 estados de EE.UU. bajo alerta por humo de incendios canadienses con calidad del aire peligrosa
Millones de personas expuestas a contaminación peligrosa; riesgo especial para niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias o cardíacas.