En 1994, cien tanques M60 del ejército estadounidense, reliquias de la Guerra Fría sin destino en los arsenales modernos, fueron descontaminados meticulosamente y hundidos frente a las costas de Alabama como arrecifes artificiales. Lo que parecía un dilema de gestión militar se convirtió, con el paso de tres décadas, en uno de los experimentos de conservación marina más sorprendentes del Golfo de México. La paradoja es elocuente: máquinas concebidas para la destrucción se transformaron en cunas de vida, recordándonos que el propósito de las cosas no siempre está fijado por su origen.