Cada noche, el Templo de la Imitación plantea una pregunta antigua: ¿puede un ser humano convertirse en otro sin perder su propia verdad? El 10 de agosto, en el escenario de Yo Me Llamo, decenas de aspirantes se presentaron ante cuatro jueces implacables —Amparo Grisales, César Escola, Elder Dayán y Aurelio Cheveroni— en busca de esa alquimia que transforma la copia en encarnación. Lo que quedó en evidencia es que la imitación perfecta no es solo técnica vocal ni parecido físico: es la capacidad de habitar el alma de otro artista con honestidad propia.