En los escenarios de Yo Me Llamo, dieciséis aspirantes a la imitación se presentaron ante un jurado exigente en busca de algo más que parecido: buscaban convencer. La cuarta ronda de audiciones reveló, como suele ocurrir en los rituales de evaluación artística, que el talento bruto rara vez basta sin técnica, presencia y la capacidad de habitar verdaderamente a otro. Algunos avanzaron; otros se llevaron algo quizás más valioso que un pase: la claridad de lo que aún les falta construir.