En los primeros meses de su mandato al frente de la Reserva Federal, Kevin Warsh encarna una tensión tan antigua como la política misma: la que existe entre el deber institucional y la voluntad del poder político. Con la inflación estadounidense en el 3,4% y el presidente Trump exigiendo tipos más bajos, Warsh ha optado por una opacidad deliberada que, lejos de protegerlo, lo sitúa en un terreno cada vez más inestable. Su dilema no es solo económico; es una prueba sobre quién, en última instancia, gobierna la política monetaria de la primera economía del mundo.