Japón, ese archipiélago que durante décadas sedujo al mundo con su orden y su belleza, atraviesa una paradoja contemporánea: cuanto más lo desean los viajeros, más se cierra y más caro se vuelve. La confluencia de un yen en caída libre —arrastrado por décadas de deuda, demografía envejecida y especulación global— y una sociedad que endurece sus fronteras culturales ante el turismo masivo, convierte al país en un destino cada vez más exigente para quienes sueñan con él. Las intervenciones coordinadas entre Washington y Tokio ofrecen alivio momentáneo, pero no resuelven las tensiones estructural