Durante años, la veterinaria Cristina Mora de Aragón ha observado cómo la fascinación por la voz del loro lleva a las personas a subestimar profundamente lo que ese animal necesita para vivir bien. Los loros no son mascotas pasivas: son seres con vida emocional y cognitiva compleja, capaces de acompañar a una persona durante décadas, y que exigen interacción diaria, enriquecimiento mental y una rutina estable. En la brecha entre lo que el propietario imagina y lo que el animal realmente es, nace el sufrimiento.