Uno ve este horror y no queda más que agradecer que estamos vivos
Dos sismos consecutivos de magnitud 7,1 y 7,5 sacudieron Caracas y La Guaira el 24 de junio, siendo los peores terremotos en la historia reciente de Venezuela. Los testimonios de sobrevivientes revelan pánico extremo, edificios desplomados, infraestructuras dañadas y miles de personas durmiendo en la calle por miedo a réplicas.
- Dos terremotos consecutivos de magnitud 7,1 y 7,5 golpearon Venezuela el 24 de junio
- Al menos 188 muertos y 1.000 heridos contabilizados hasta el día siguiente
- El terremoto de 1967 en Venezuela mató a 230 personas en 39 segundos
- El Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar fue una de las zonas más devastadas
Dos terremotos de magnitud 7,1 y 7,5 golpean Venezuela causando al menos 188 muertos y 1.000 heridos. Edificios colapsados, infraestructuras dañadas y miles de venezolanos sin hogar buscan sobrevivientes entre los escombros.
A las seis de la tarde del 24 de junio, Venezuela tembló. Google había enviado una alerta sísmica minutos antes, pero nada podría haber preparado a nadie para lo que vino después. El primer terremoto, de magnitud 7,1, sacudió el país con una intensidad que hizo que miles de personas corrieran hacia las escaleras, hacia las calles, hacia cualquier lugar que les pareciera seguro. Apenas unos minutos después, un segundo sismo de magnitud 7,5 golpeó Caracas y La Guaira con una fuerza aún mayor. Cuando el polvo se asentó, los números eran devastadores: al menos 188 muertos y 1.000 heridos. Eran los peores terremotos que Venezuela había experimentado en décadas.
María Josefina, conocida como Pipina, estaba en su apartamento en el último piso de un edificio al norte de Caracas cuando sintió el primer movimiento. Al principio, ella y su esposo apenas reaccionaron, simplemente se miraron mientras el temblor comenzaba. Pero en lo que ella describe como microsegundos, todo cambió. El edificio entero comenzó a moverse con una intensidad que no podía describir con palabras. Corrió hacia la entrada, bajando las escaleras mientras muebles y vitrinas se desplomaban a su alrededor. Su esposo había vuelto a buscar unos zapatos. Su hija Beatriz estaba con ella. Bajaron pisos y pisos, sintiendo cómo todo temblaba bajo sus pies. Una vecina atrapada en el ascensor fue rescatada por otra vecina que escuchó sus gritos. Cuando Pipina llegó a la calle, vio a la gente sacando sus coches del estacionamiento, un acto que le pareció incomprensible en ese momento de caos. Lo que la golpeó más fue la realidad de su propia vulnerabilidad. "Estaba agradecida de que estábamos los tres juntos y estábamos bien", recordó, con los ojos llenos de lágrimas. "Uno ve este horror y no queda más que agradecer que estamos vivos".
Isabella estaba en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar, lista para viajar a España. Su vuelo estaba retrasado, un retraso que hoy agradece profundamente. Ya había embarcado, ya estaba sentada en su asiento, cuando el avión comenzó a temblar. La tripulación confirmó que el avión estaba en perfecto estado, pero la comunicación con la torre de control se había perdido. Esperaron una hora. Luego les dijeron que bajaran. Caminó toda la pista del aeropuerto internacional al nacional, sin que nadie les dijera nada más que "sigan, sigan". Sus maletas se quedaron en el avión. Se quedó en la calle, sin señal en el móvil, a más de una hora de su casa. El aeropuerto había sido una de las zonas más devastadas: videos en redes sociales mostraban bloques de hormigón cayendo del techo, paredes derrumbándose. Isabella se hizo amigas con dos desconocidas en la calle y juntas tomaron un taxi a Caracas, dejando todas sus pertenencias atrás.
Patricia estaba en La Guaira con amigas, disfrutando un día en la playa. Decidieron regresar una hora antes de lo planeado, a las cuatro de la tarde en lugar de las cinco. El camino de regreso a Caracas pasa por túneles y está rodeado por el cerro El Ávila. Mientras conducía, vio caer una piedra en la carretera. Pensó que había sido por la lluvia. Pero entonces el coche comenzó a moverse de un lado a otro, como gelatina. Su amiga le gritó: "No es el coche, está temblando". Mientras avanzaban, la carretera se llenaba de piedras. Cuando llegaron a Caracas, vieron edificios sin paredes, agrietados, algunos completamente desplomados. "Menos mal estamos bien, pero qué susto", dijo, todavía procesando que una salida a la playa pudo haber sido una tragedia.
La noche del 24 de junio, miles de venezolanos no durmieron en sus casas. Algunos acamparon en las calles con mantas. Otros velaban los escombros, buscando desesperadamente a los atrapados. Las imágenes eran devastadoras, la incomunicación era total. Pero en medio del horror, algo emergió. Rolando, un venezolano que decidió salir al día siguiente para ayudar y documentar lo que ocurría, lo expresó así: "Esto es muy triste, pero lo bonito es la solidaridad de todo el mundo, aquí somos todos del mismo color". En las peores circunstancias, los venezolanos encontraron una manera de resolver, de ayudarse mutuamente, de recordar que la comunidad es lo que queda cuando todo lo demás se desmorona.
Citações Notáveis
Esto es muy triste, pero lo bonito es la solidaridad de todo el mundo, aquí somos todos del mismo color— Rolando, voluntario que ayudó en los rescates
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Cómo es posible que dos terremotos tan fuertes golpeen el mismo lugar en cuestión de minutos?
No fue coincidencia. Cuando ocurre un terremoto de esa magnitud, las réplicas son casi inmediatas. El primero de 7,1 fue el preludio. El segundo, de 7,5, fue la verdadera sacudida. La gente apenas tuvo tiempo de procesar lo que había pasado.
¿Por qué la gente en la calle sacaba sus coches del estacionamiento si estaban en peligro?
Es el instinto de proteger lo que tienes. En momentos de pánico extremo, la mente no siempre actúa de forma racional. Algunos querían salvar sus posesiones. Otros simplemente no sabían qué hacer.
Isabella perdió todas sus pertenencias. ¿Cómo se recupera alguien de eso?
En ese momento, no importaba. Estaba viva. Su familia estaba viva. Las maletas pueden reemplazarse. Lo que no se puede reemplazar es una vida. Eso es lo que la mayoría de los sobrevivientes entendió muy rápido.
¿Qué significa que "aquí somos todos del mismo color"?
Significa que cuando todo se cae, las diferencias desaparecen. No importa de dónde eres, cuánto dinero tienes, qué crees. En ese momento, todos estaban en el mismo bote, todos necesitaban ayuda, todos podían dar ayuda. La solidaridad no es un lujo en una crisis, es la única forma de sobrevivir.
¿Cómo se compara esto con el terremoto de 1967?
El de 1967 fue más largo, 39 segundos, pero mató a 230 personas. Este fue más corto pero más intenso. Una vecina de Pipina dijo que fue peor. Pero los números dicen que al menos en muertes, todavía no hemos llegado a eso. Aunque el día aún no termina.