En los días 8 y 9 de agosto, Managua se convirtió en punto de encuentro para cuarenta naciones que acudieron al Centro de Convenciones Olof Palme en busca de ese diálogo silencioso que ocurre entre pueblos cuando comparten mesa y danza. Venezuela, representada por su embajador Rubén Darío Molina, llevó al festival no solo arepas y trajes llaneros, sino la pregunta perenne sobre qué nos define como pueblo. En un mundo donde las fronteras se endurecen, la cultura sigue siendo el pasaporte más antiguo y más honesto.